Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

miércoles, 28 de enero de 2015

Semblanza de Rubén Bareiro Saguier

Estimados amigos y amigas:

Estamos aquí celebrando la vida del Maestro del Arte Rubén Bareiro Saguier, porque nos consideramos discípulos de él. Como es de conocimiento elemental, para el artista, sus verdaderos herederos no son sus hijos sino sus discípulos. Esta condición se adquiere a través del conocimiento, la valoración y la admiración de la obra de un maestro en el arte. Discípulos son los que continúan difundiendo las obras de  su maestro; los que siguen analizando y evaluándolas con el fin de obtener enseñanzas. Discípulos son los que defienden las obras de su maestro y los que tratan de ubicarlas en el lugar que les corresponde en el conjunto y de mantener al autor en el parnaso de los grandes.

Paraguayos poco informados me preguntaron en estos días quién fue Rubén Bareiro Saguier y por qué preparábamos este homenaje para el día de hoy. Les contesté que en la fecha (22 de enero de 2015) se cumplen 85 años de su nacimiento, el primer cumpleaños que no alcanzó a celebrar. Esa pregunta me motivó a preparar  esta breve semblanza de su persona en los siguientes términos: Fue ante todo un paraguayo y como pocos, un paraguayo de ley como decimos por aquí.  Nació en tiempos de turbulencia política y estrecheces económicas en el país. Se amamantó de la tierra madre en la cuna de la dignidad y fue alimentado en su infancia con los frutos de una tierra ensangrentada por la violencia de las ambiciones mezquinas. Fue un niño escuálido que apenas soportaba el peso de sus grandes sentimientos de justicia y libertad, valores que fueron creciendo en su corazón y alcanzaron ribetes siderales en su adultez. Víctima como fue de los abusos contra los derechos humanos elementales, se convirtió en paladín en la defensa de tales derechos que embeben la libertad en todas sus formas, el bien, la verdad, la justicia y la paz; presupuestos esenciales para la  felicidad de la persona humana. Pero las personas que son superiores por sus condiciones morales e intelectuales, no se detienen en los límites de estos valores supremos como los llamaba Platón. Ellas  entienden que si bien la vida es llevadera en el ambiente donde se respetan todos estos valores, no es sin embargo completa. Algo falta aún para que se logre la felicidad. Por eso estas personas trascienden y llegan a enarbolar otro de los valores supremos, consagrado también desde la antigüedad y que es  la suprema belleza. Y a ella se llega sólo a través de la contemplación de la naturaleza y de su reproducción imperfecta realizada por el talento humano a través de la creación artística en todas sus formas.

Rubén cultivó el arte literario en los géneros de poesía y narrativa; y llevado por ellas desembocó en el campo de la lingüística, ciencia que aprendió en el viejo mundo y le sirvió de mucho para explicarse la situación lingüística de su propio país. Eso también le sirvió de mucho al Paraguay, porque si no fuera por la intervención de Rubén en los debates previos y en la misma plenaria de la Convención Nacional Constituyente de 1992, tal vez hoy el Paraguay seguía sin tener dos lenguas oficiales.  Todos los convencionales dudábamos ante la propuesta de  elevar hasta el nivel de lengua cooficial del Estado al idioma guaraní, porque era un desafío muy grande. Allí hizo escuchar su voz el hombre que venía de abrevar en las fuentes más profundas y depuradas de la ciencia lingüística en París. Y él nos dijo: “Vamos adelante. No nos vamos a equivocar. Tenemos un gran pueblo que sostendrá esto. Un pueblo que ama su lengua y su cultura. Los detalles se ajustarán a lo largo de un proceso que comenzará con esto. No se preocupen”. Estas autorizadas palabras, inmediatamente secundadas por el no menos prestigioso intelectual Carlos Villagra Marsal y los convencionales Jesús Ruiz Nestosa, Oscar Paciello, Alcibiades González Delvalle, Sinforiano Rodríguez y este modesto servidor entre otros, sembraron la convicción en los convencionales de todos los partidos y movimientos políticos, al punto de aprobarse la propuesta por la más absoluta unanimidad el 18 de mayo de 1992 a las 18 horas.

Hoy estamos enfrentados al deber de implementar la disposición constitucional. Son muchas las dificultades y los mayores escollos provienen de los supuestos estudiosos de la lengua, formados en la escuela del conservadurismo, del dogmatismo, el patrioterismo y el fanatismo abyecto. Pero creo que saldremos adelante, porque esta no es sino una etapa del proceso que señalaba Rubén. Ya hará oír su voz el gran pueblo a cuyo servicio está la lengua; el pueblo hablante del guaraní, el soberano de la lengua.

Otra de las grandes contribuciones de Rubén a la literatura paraguaya fue el nuevo lenguaje usado en la narrativa de ficción creada en lengua castellana. En la materia él abrazó el castellano paraguayo, y para que no haya confusión, aclaro: el castellano paraguayo en su nivel culto; porque esta variedad de castellano tiene dos niveles: el popular y el culto. El popular o coloquial es aquel que incorpora ciertos morfemas del guaraní, elementos que el nivel culto no utiliza; y con ese castellano le dio personalidad propia a la narrativa paraguaya, la sustrajo de aquel ropaje artificioso que le daba el castellano supuestamente castizo, el castellano cursi, que no es representativo del habla del pueblo paraguayo.  En esto forman una trilogía con Roa Bastos y Villagra Marsal. Espero que estos Maestros  tengan seguidores, porque es el camino correcto que debe seguir nuestra literatura.

Rubén nos dejó también un libro titulado: La literatura guaraní del Paraguay, en cuyas páginas desgrana los más enjundiosos análisis de los textos indígenas, aquello que él consideraba la raíz de la literatura guaraní; pero no me extenderé sobre este punto porque es tema que le corresponde exponer hoy a Feliciano Acosta, aquí presente.

En cuanto a su labor poética, sostienen los entendidos que Rubén es un poeta exquisito.  Una admiradora sostenía que su mismo nombre es un largo verso. Y debe ser así porque fue un hombre exquisitamente ilustrado, lúcido, ubicado en su tiempo y en sus circunstancias, y además un hombre íntegro y sincero; un escritor intelectualmente honesto. Yo dejo la evaluación y calificación a cargo de ellos porque no soy especialista en lengua castellana y menos en análisis literario en esta lengua que apenas hablo.  A mí solo me interesa el lenguaje utilizado; qué clase de castellano usa en sus obras, de qué nivel y con cuáles características; si sus  obras tienen o no el sabor de la tierra y del pueblo aludido en ellas, porque para mí los verdaderos autores de las obras literarias son los pueblos; el individuo, poeta o narrador, es sólo un instrumento de ese pueblo, un exponente, un intérprete. Es por ello que, cuando un pueblo no se siente representado por un escritor, los ciudadanos sólo llegan hasta el respeto con respecto de él; muchos creen que tal vez solo él no lo comprende y suponen que los demás sí estarían  dándole mucho valor; pero en la realidad casi nadie lo está haciendo. En cambio quienes asumen el lenguaje y los valores de su pueblo serán más que respetados, estimados, admirados, comentados, imitados y en suma, amados.

El Paraguay como país tiene muchos problemas y de todos los órdenes. Uno de ellos es el lingüístico; problema que tiene sus efectos en los ámbitos de la educación y de la literatura. El sistema educativo paraguayo no da pie en bola por causa de la indefinición lingüística; pero no solamente porque el país tiene dos lenguas y el Estado no direcciona ni administra ese bilingüismo, sino porque el sistema educativo no asume las variedades dialectales propias y en uso en ambas lenguas. Y para la definición de estos temas cruciales es fundamental la lucidez, claridad y coraje personal de los intelectuales.

Nuestra literatura es escasa y pobre porque no gana el cariño ni la admiración del pueblo; es una literatura impostada, rebuscada, cursi y  anodina. Les aterra a nuestros escritores el lenguaje corriente de su pueblo; por eso es que nos hablan como si fueran extranjeros; ellos imitan otras formas de lenguaje, de otros pueblos o de ninguno. Sin embargo la producción literaria no es poca, pero la mayoría de los libros están archivados por falta de lectores. Son libros que no despiertan el interés de la gente.


Un  hombre, como Rubén Bareiro Saguier, que ha aportado sus conocimientos, su trabajo, su esfuerzo, su talento y su coraje para resolver parte de estos problemas nacionales, es alguien que se  merece la eterna gratitud de su pueblo.

Exposición realizada por Tadeo Zarratea en la Casa de la Cultura Augusto Roa Bastos, el 22 de enero de 2015. 

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