Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

jueves, 14 de agosto de 2008

Los dos mejores cuentos paraguayos *

* La opinión del Premio Nacional de Literatura del año 2003, Carlos Martínez Gamba, publicada en el semanario Cultural del diario paraguayo ABC Color en fecha 4 de noviembre de 2007.

Sin ser crítico literario, sino un asiduo lector de literatura paraguaya, vengo por este artículo a darme el gusto de comentar, brevemente, dos cuentos paraguayos que he leído varias veces y no termino de admirarlos. Se trata de “Arribeño del norte”, de Carlos Villagra Marsall y “El finadorâ”, de Tadeo Zarratea. En mi opinión, que es personalísima y por ello ampliamente discutible, estos son los dos mejores cuentos escritos por autores paraguayos, y lo digo sin desmedro de tantos otros excelentes cuentos que ha producido nuestra narrativa, porque en general los cuentos paraguayos son muy apreciados en el mundo literario internacional por su buen nivel.

La calidad de estos dos cuentos, más allá de los argumentos, tiene mucho que ver con el lenguaje utilizado; el primero en castellano paraguayo y el segundo en guaraní paraguayo. Este es uno de los aspectos que ha determinado mi preferencia. Siempre sostuve que toda obra literaria debe tener una identidad cultural porque quien la produce verdaderamente es una comunidad cultural, no una persona, la cual es un mero instrumento de su cultura en la creación literaria.

“Arribeño del norte”. Esta obra ya no nos brinda el autor como un reflejo de la expresión del pueblo como lo ha hecho en su novela corta Mancuello y la perdiz. En ésta asume el castellano paraguayo popular que, como se sabe, es una virtual traducción literal al castellano del pensamiento elaborado por el hablante en guaraní. Veamos algunos ejemplos. Al comenzar ya encontramos estas expresiones: ”-Lo que haya –dijo el hombre– Cualquier cosa. Esto equivale a: Oîmívante –he’i la arriéro– Oimeraêva mba’e. Luego dice: -Cualquier mandioca hervida- ; que es como decir: Oimeraêva mandi’o mimói. Más adelante, se lee: - Y está lindo –contestó el hombre-. Ya vale demasiado; traducción literal de: Ha oî porâ – ombohovái la arriéro– Ovaletereíma. Como se ve, este castellano popular paraguayo viene directamente del guaraní, palabra por palabra. Es similar al utilizado en Mancuello y la perdiz, pero esta obra contiene en forma paralela pasajes de refinada perfección idiomática. Ello se da cuando quien habla es el propio narrador como en este pasaje: “A la vieja le pareció entonces que él no era sino una criatura del viento Norte, resonante y lejano, traído por el viento asoleado para un destino cuyas secretas secuencias nadie (y él mismo todavía) podría desbaratar”. Esta mezcla de dos niveles de lenguaje constituye un logro en la literatura paraguaya en castellano, y de ella también deviene mi preferencia. El autor asume, a través de esta técnica, el bilingüismo paraguayo; un bilingüismo extraño en el que no aparece una de las lenguas, pero está, tácita, subsumida en la otra, y su presencia se siente “como un río subterráneo” como decía Roa Bastos refiriéndose a este fenómeno. Esta obra se diferencia de “Mancuello…”, donde el autor procuró y logró traducir un hecho lingüístico: la oralidad castellana del Paraguay, porque en esta hace relucir los dos niveles del castellano paraguayo: el popular y el culto. Fíjense que el párrafo transcripto, a pesar de su delicada redacción, no pierde su identidad de castellano paraguayo. Es, sin lugar a dudas, una hazaña.

En cuanto a la trama o contenido del cuento, no se nos escapan los artilugios felices utilizados. En primer lugar el título, que contiene un aparente pleonasmo, porque en nuestro país todo arribeño hubiera sido ser necesariamente del norte si la palabra no hubiera sufrido ese cambio semántico tan grande, al punto que dejó de significar “el de arriba” o “el de aguas arriba”, para pasar a designar al “forastero”. El autor hace una descripción simpática de su personaje, el arribeño, a quien lo presenta como “un vengador justiciero”, pero en el fondo se ve que no es más que un asesino psicópata que ha desarrollado su preferencia por el arma blanca, quién sabe después de cuántos “aguai” . Sólo así puedo explicarme el hecho de venir a degollar sin más ni más a un ratero, a un bagatelario del campo, sólo por congraciarse con una mujer que ni siquiera es muy interesante como tal y, para colmo, cuando lo provocó con un gesto: “La vieja se puso en la misma orilla de la cama y se soltó el rodete”, el arribeño no reaccionó.

No puedo precisar si este cuento es anterior o posterior a “Mancuello”, publicada en 1965; pero apareció en primera edición en 1969, integrando una antología denominada Crónicas del Paraguay, Editorial Jorge Álvarez, Bs. As. Desde entonces vengo considerando este clásico como uno de los mejores ejemplos de la producción cuentística del Paraguay.

“Elfinadorâ”. Nuestra preferencia por este cuento no tiene que ver con el argumento, que no es sino un episodio campesino de los tantos; un jerokyhápe guare, un váile ñembyai, sino con el lenguaje utilizado: un guaraní sin pretensiones academicistas. Zarratea utiliza en este cuento el guaraní nuestro de cada día, apartándose completamente de ese purismo lexical que es signo y fundamento de un lenguaje inexistente que se difunde a través del sistema educativo.

Empezando por el título, el autor escoge una palabra acuñada por el pueblo paraguayo a partir de una frase castellana: “el finado”, que el guaraní convirtió en una sola palabra uniéndola (porque el idioma no tiene artículo) y adicionándole el tiempo futuro: rã, como habitualmente hace con los sustantivos. En guaraní clásico esto se diría “Iñamyrÿitava”, el que va a morir, pero esta palabra ya no tiene la fuerza de antaño para el hablante actual. El autor tampoco optó por: Omanótava katuete, el signado por la muerte, el predestinado a morir, etc. La elección del título por tanto es deliberada. Este cuento está escrito en el guaraní que ha convivido 500 años con el castellano, compartiendo población y territorio, pero en condiciones de inferioridad. Por tanto es natural que en ese lapso se haya ido desgastando, transformándose, como natural es que lleguemos hoy a preferir “Elfinadorâ” a “Iñamyrÿitava”, u otras palabras como: Okali’útava. Ochivútava. Ote’ôtava, o a frases tan expresivas que de ninguna manera el autor puede desconocer, tales como: Omañátava ipysâ guasúre. Oikopátava hese. Otopátava ijagua kochô, okurupoítava, etc., nombres perfectos para un cuento todos ellos, pero ninguno con la gracia de Elfinadorâ.

Zarratea es un autor que se juega por el guaraní paraguayo. Él convierte en literatura el habla popular, abriendo así una picada que ha de ser transitada por los narradores en guaraní que pretenden hacer literatura seria. Este es su mérito mayor; es una hazaña sin precedentes, lo que no es poco decir. Pero además es un narrador completo; sabe contar un cuento. En esta obra, por ejemplo, habla sin aparecer, o mejor, él no habla. El que habla es su personaje, un arriero de los valles convertido en peón de obrajes en el alto Paraná; huido de la justicia, pícaro y, sobre todo, asesino. Para más, el autor ni lo presenta al personaje, no lo describe, al punto que no tiene nombre. Este personaje innominado es el único que habla en el cuento, y lo hace volcando sus confidencias en los oídos de un amigo que tampoco aparece ni habla. “Amombe’úta ndéve che irû mba’éichapa che aperdeva’ekue che válle. Ndaha’eietehína trúkope he’iháicha lo mitâ. Che la che válle ajuva’ekue aperde peteî degrasiakuére (…). La narración del asesinato no deja de tener golpes de efectos útiles. Por ejemplo: “Ipoimi chamígo ko karia’y la hi’ármagui ha ndaikuaái mba’éicharôpa oguahê che pópe pa reikuaa. (…) No… Nombokapujepéi, si ajapaite hesépy ha rojo’alocha, ha upéicharô ko… nandetíroi la mbokápe. Así introduce el detalle poco creíble de que Elfinadorâ (el otro personaje sin más nombre que éste) no pudo disparar su revolver y aparentemente fue ultimado con su propia arma, como da a entender el autor, digo, el asesino. (Che katu ni chepopetérô ndajavyichéne, le contesto yo). Otras sutilezas son: el recato del homicida que no revela cómo lo mató, con qué arma, dónde fue a parar el tan mentado y bien descrito revólver de Elfinadorâ después de la muerte de éste.
Al principio me pareció evidente que el autor demostraba simpatía por el homicida de este cuento; pensé eso llevado por la expresión usada: “Ha upépe Elfinadorâ opagapa ideveha”, y luego como justificándose: “iléipente omano”. Para mí, esto es injusto porque la víctima no era sino un hombre de trabajo, entregado a su empresa: una tienda, y celoso de su esposa: una mujer infiel. La riña tampoco fue provocada por él sino por su mujer, celosa de su amante que bailaba con otra mujer. En suma, Elfinadorâ es una víctima total. Pero luego de varias lecturas descubrí que no puedo acusar al autor de tal, porque quien cuenta el cuento no es él sino su personaje, y, naturalmente, el sabandija cuenta la historia como a él le conviene. Además, finalmente el prófugo refugiado en un obraje de Misiones, Argentina, se arrepiente, asume sus errores, lamenta y condena no el homicidio, que presenta como una desgracia inevitable, sino el hecho de haberse involucrado con la mujer casada, que para su moral es más grave que el homicidio, y recomienda que los hombres lo eviten si no quieren sufrir las privaciones que trajo para él.
Zarratea no hace escuchar su voz sino la de su personaje en este cuento. Desde el principio hasta el fin el autor está elíptico, mimetizado, metido en la piel del personaje que naturalmente habla su propio lenguaje y no el del autor. Desde el interior profundo de este arriero, invisible y totalmente subsumido en su personaje, Zarratea extiende su discurso literario como sólo un maestro puede hacerlo. Tal vez nunca lleguemos a descubrir por completo los secretos de su técnica. Es un narrador como pocos. Ya lo demostró con su novela corta Kalaíto Pombéro, en 1981, y ahora lo confirma.
No soy crítico literario, reitero; no se cómo armar y desarmar un cuento, pero quise referirme a este cuento, para mí el mejor de la literatura paraguaya. Fue publicado algo así como ocho años después de la novela, obra que no estamos en circunstancias de comentarla, cosa que ya lo hicieron los entendidos, pero advertimos una gran diferencia de lenguaje entre ambas. Kalaíto Pombéro, sin apartarse un milímetro de lo auténticamente popular y paraguayo, tiene no obstante una pretensión perfeccionista y hasta si se quiere purista, cuando describe, por ejemplo, la aldea de Mbatovi. “Una prosa esplendorosa”, fue la calificación dada por el crítico literario Francisco Bazán. Pero el conjunto de cuentos publicado bajo el título de Arandu Ka’aty, en 1989, en el cual vino incluido “Elfinadorâ”, tiene otro nivel o variedad de lenguaje: el guaraní paraguayo coloquial, el de la gente común y, como señaláramos, en esto se diferencia de “Arribeño del norte”, en el cual el autor pone en contraste los dos niveles del castellano paraguayo.
En suma, estos dos cuentos y las respectivas novelas anteriores de sus autores nos indican que en el Paraguay podemos hacer narrativa o literatura de ficción en dos variedades de castellano y en dos variedades de guaraní.

Por Carlos Martínez Gamba; Premio Nacional de Literatura del año 2003.

1 comentario: