Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

sábado, 11 de julio de 2009

Una ley de lenguas para el Paraguay (II)

Un proyecto de ley de lenguas, consensuado entre todos los sectores, se encuentra en estudio en el Senado. Es un intento más por reglamentar los artículos 77 y 140 de la Constitución Nacional; un mandato constitucional que lleva 17 años de postergación. Su aprobación beneficiaría grandemente a la nación porque vendría a poner orden en el manejo de las lenguas oficiales y no oficiales del país.
En nuestro medio poca gente es consciente de que el Paraguay es un mosaico de lenguas y culturas. No está generalizado el conocimiento de que aquí se hablan 15 lenguas a través de 39 dialectos; de esto no se les informa a los niños y jóvenes. Se sigue pregonando el estereotipo de una supuesta homogeneidad cultural basada en una lengua única y oficial: la castellana. El sistema educativo no asume la realidad; que yo sepa, no tiene un sólo folleto que da cuenta de este hecho. Y no se trata de lenguas que hablan embajadores ni turistas, sino comunidades humanas estables, afincadas y arraigadas en el país, las que podemos agruparlas, por sus orígenes, en tres bloques: americanas, europeas y asiáticas. Pero no me extenderé sobre esto sino sobre la necesidad de reglamentación y direccionamiento del uso, la defensa y la promoción de todas las lenguas a través de una política lingüística sustentable y beneficiosa.
Es evidente que ha llegado el tiempo de cambiar la política lingüística del Estado. Estamos llegando a los 200 años de vida “independiente” y no somos capaces de sacudir las cadenas del colonialismo; seguimos repitiendo las fórmulas culturales de la colonia. Los tiempos que corren ya no permiten sostener ideas tales como que “el manejo simultaneo de dos lenguas entorpece a la persona”; o que “al pasar a Clorinda el guaraní ya no nos sirve para nada”. Son ideas muy antiguas, engendradas por el colonialismo cultural, basadas en observaciones meramente empíricas y en prejuicios culturales. La ciencia lingüística ha demostrado, hace ya bastante tiempo, que estas ideas son insostenibles ante los hechos y las razones. Si fueran correctas hubieran sido aplicadas en Europa, un continente donde cada país tiene su lengua propia pero entre ellos se comunican mejor que los 20 países hispanoamericanos entre sí, países que hablan una sola lengua pero no instalaron hasta ahora ni siquiera un servicio de cooperación eficiente.
Cuentan que el sistema educativo de Francia, por ejemplo, incluye 12 años de estudio de la lengua francesa antes que el educando ingrese a la universidad. Los franceses no piensan que al salir del país su lengua ya no les valdría; tal vez porque se preparan para vivir en su país y no como nosotros, que nos preparamos para vivir en el extranjero. Tenemos un sistema educativo enajenante y expulsivo, que desparaguayiza la cultura de los niños y jóvenes, y los prepara para la emigración del campo a la ciudad y de la ciudad al exterior. Un sistema cuyo contenido educacional no fortalece la identidad cultural de la persona ni la prepara para permanecer, luchar y vivir en el país. Esta diáspora que sufrimos no es gratuita; es consecuencia del vaciamiento cultural. Y todo esto tiene su origen, en buena parte, en la no asunción de la realidad paraguaya. No asumimos las lenguas vigentes ni sus formas dialectales, ni la cultura peculiar, diferente e inimitable del pueblo paraguayo. No identificamos nuestra cultura ni identificamos nuestra identidad. No conocemos las riquezas culturales de nuestro país ni los valores morales esenciales de este pueblo. Como consecuencia de todo ello hemos perdido el orgullo de ser paraguayos/as. Estamos aquí como de paso, por ahora, hasta que tengamos una oferta fuera del país; por eso no echamos raíces, no tenemos proyectos de envergadura, no soñamos, y por ende, no construimos nada duradero. Ante este panorama desolador cualquiera concluiría que somos un país en quiebra, en quiebra moral, y no estamos lejos de eso. Pero los jóvenes que hemos aprendido a soñar durante la larga noche de la dictadura seguimos confiando, porque sabemos que el pueblo paraguayo, entre sus muchos defectos, tiene una virtud: la de no entregarse a la ignominia y saber encontrar siempre el punto de inflexión para volver sobre sus propios valores. En este caso creo que muchos padres, igual que yo, están exasperados por la formación que recibe la juventud hoy; que no le da soltura, que no le permite el despliegue de su personalidad, no lo impulsa hacia su desarrollo personal, lo sume en la ignorancia, la inseguridad y la apatía.
Para combatir todo esto existe una clave: el manejo eficiente de la lengua. En nuestro caso sería el de las dos lenguas oficiales y de una tercera lengua de alcance internacional, paralela a la castellana. En materia educativa me gusta jugar con esta hipótesis: pienso que si dejáramos de lado todas las materias y enseñáramos solamente las lenguas, las universidades recibirían bachilleres más competentes. Hoy el educando llega a la universidad sin saber leer y escribir, y lo más grave aún, sin saber expresar su pensamiento, sus ideas, sin saber hablar. Con la ley de lenguas se podría corregir una buena parte de estas falencias porque obligaría al sistema a asumir la multiculturalidad, el bilingüismo, las expresiones dialectales paraguayas del castellano y del guaraní; obligaría al Ministerio a corregir la pedagogía y la didáctica de las lenguas; se enseñaría el guaraní que le sirva a los paraguayos para comunicarse, en lugar del guaraní recreado en laboratorio y un castellano que tiene las características propias del que se habla en el país en vez del “castizo” sin paradigmas. Tendríamos una Academia para el guaraní, la cual en poco tiempo establecería el alfabeto oficial, la gramática fundamental y lo más importante el diccionario oficial de la lengua, con palabras verdaderas del idioma.

El Paraguay, cuando tenga que comenzar su reconstrucción, alguna vez, deberá hacerlo desde el interior profundo de su identidad cultural. Esta ley que proponemos vendría a cumplir, entonces, el rol de piedra angular de esa obra maestra, que servirá para albergar a nuestra progenie, a los millones de jóvenes, víctimas del Estado, que hoy mendigan una posada en tierras extrañas. Ellos nunca debieron salir y tienen derecho a regresar para vivir entre su gente, derecho elemental, dado que solamente en su medio cultural natural la persona humana encuentra esa serie de gozos cuya sumatoria se expresa con esta frase: la felicidad.

Lea la primera parte de este artículo dando clic aquí.

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