Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Presentación del libro: “La noche antes y después de la noche”, del Dr. Efraín Enríquez Gamón


         Por Tadeo Zarratea



         Señoras y señores:

         Un título sugestivo nos trae esta vez don Efraín. Una trilogía literaria que se engarza en un punto crucial: Solano López. Este libro, que reúne en sus páginas “La noche antes” de Martín de Goycoechea Menéndez, “Solano López” de J. Natalicio González,  y  “La agonía del héroe”  de Efraín Enríquez Gamón, nos plantea una interrogación inquietante y provocativa:

         ¿Qué ocurrió después de la noche? 

         Pero no se crea que de estos textos surge un retrato, una biografía ni siquiera una semblanza de aquel hombre. López es apenas una bisagra, tanto en este libro como en la historia. Bisagra que conecta al Paraguay con la Triple Alianza. Alianza bélica que fue la expresión de una política de destrucción de islas económicas y culturales en esta parte del mundo y en todos los rincones donde podía penetrar el imperialismo inglés.

         Sería una conclusión simplista afirmar que lo ocurrido después de “Aquella noche de marzo”, como dice de Goycoechea Menéndez, fue algo sencillo: la muerte de un hombre, de López, de un simple mortal, un combatiente más de entre los millares que murieron en esa guerra porque hay algo más que eso.  López no fue un soldado más ni un ciudadano más que engrosó la lista de las víctimas. Fue el comandante en jefe de aquel ejército y era también en el momento de su muerte el Presidente de la República del Paraguay. Pero todo esto es baladí. Estas son trivialidades formalistas.  El que verdaderamente murió después de la noche antes en Cerro Corá fue un proyecto de nación, la muerte del desarrollo naciente de un país que se abría caminos por sí mismo, con una política de auto sustentación, sin dependencia de los centros financieros internacionales. Por todo ello, cuando en estas obras se le nombra a López, este apellido embebe un campo semántico que rebasa las dimensiones de un hombre. Se trata del Paraguay, y esto lo admito sin que me guste en absoluto aquella afirmación de que López fue la encarnación de la patria. Para mí, López no fue sino el símbolo de aquel Estado que era para el gusto del imperio y de los subimperios,  demasiado soberano en su desarrollo político y económico; razón por la cual habría que destruirlo. Ocurrió aquí, con nosotros. Ocurrió en el pasado con varios otros pueblos y acurre actualmente en otros rincones del planeta.

         Hace poco presenciamos una descomunal guerra llevada supuestamente, no contra aquel pueblo altivo pero no agresivo, sino contra su execrable dictador; un tirano, que aparte de sojuzgar a su pueblo, guardaba armas de destrucción masiva, con verdadero peligro para la humanidad. Nuestra generación es testigo tanto de que la humanidad “fue liberada” de ese miedo como de que ese pueblo fue destruido. Su desarrollo normal fue retrasado en por lo menos 200 años.    

         Hoy, a tantos años de distancia, la figura de Solano López no ha dejado de ser polémica. Los paraguayos no superamos aún la antinomia lopizmo antilopizmo. No aprendimos todavía la sabia recomendación de don Manuel Gondra que claramente nos dijo: “Aceptemos el pasado íntegro de la patria, porque no lo podremos cambiar”. Tampoco es de aceptación general entre nosotros esta finísima afirmación de Goycoechea que penetrando en el sentimiento de Solano López, dice de él que en la noche antes: “Se sintió inmenso porque se sintió la patria”. ¿Acaso esto señala una actitud de soberbia de un tirano que cree que él es la patria y no su pueblo? ¿Acaso habría orgullo en un líder político y guerrero cuando es consciente de que ha llevado a su pueblo al exterminio y él, junto a ese pueblo se encontraba en la noche antes de su propia muerte física? Para mí no hay orgullo en esto; es la simple asunción de una realidad.

         Ojalá los paraguayos podamos superar alguna vez esta “cultura de las ideas absolutas” como la bautizara Roa Bastos. Nuestro apego a las ideas maximalistas y extremas; a las alternativas mortales en el campo de las ideas. Cultura simbolizada en eslogan tales como: Independencia o muerte, vencer o morir,  República o muerte, hasta la carga final, ñamanda o nañamandái, ñagana ÿrö japotipa, hasta las últimas consecuencias; che retekue ári rehasava’erä,  y muchas otras frases por el estilo que hemos usado los paraguayos a lo largo de la historia, y en las cuales el objetivo se presenta en antinomia con la mismísima muerte.

         En el marco de esta cultura acostumbramos a exigirnos unos a otros la asunción de posturas con respecto de la figura de López; a favor o en contra, sin términos medios. Pero ¿qué pasaría si en lugar de López ubicáramos al Paraguay? El resultado del silogismo cambiaría radicalmente.

         Es tan necesario como urgente apartarnos cuanto antes de esta cultura de las alternativas extremas, porque ambas posturas son perjudiciales. Por ejemplo, el exacerbado antilopizmo no hace más que exonerar a los verdugos del Paraguay de sus responsabilidades y de sus crímenes; para cargarlos todo en la cuenta del tirano López, del soberbio, del tozudo y torpe estratega militar dominado para más por una mala mujer. Esta postura absuelve de toda culpa a aquellos que pactaron la destrucción del Paraguay antes de que López cometiera el primero de sus innumerables errores. Mientras, por otro lado, el lopizmo excesivo, chauvinista y patriotero, abona la cultura de la auto conmiseración, la cultura del aichejáranga ñande, víctimas inocentes del imperialismo; actitud que nos permite seguir llorando después de 150 años pero sin hacer nada por la recuperación del país.

         Siempre me asombraron los guías de turismo europeos cuando explican la historia de sus países y de sus reyes con todas sus miserias. Como paraguayo que soy, nunca dejan de incomodarme algunos de sus irreverentes comentarios. Siempre  salgo de esos museos diciendo: estos sí que asumen el pasado íntegro de su patria. Pero no puedo imaginarme a un  guía paraguayo en el museo de la memoria de López, que supongo alguna vez habrá en este país, referirse a López sin el temor reverencial, contando todas sus virtudes y miserias humanas que, como hombre que fue, las tuvo y muchas.

                                                                           Asunción, 18 de marzo de 2010.

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