Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

jueves, 1 de octubre de 2015

Una experiencia de vida


– Relato –

Era una mujer hermosa, atractiva, muy segura de sí y de gran inteligencia. La conocí en el Congreso Internacional de Abogados Laboralistas donde, como miembro de la entidad anfitriona, le asignaron la misión de acompañar a los colegas del cono sur suramericano y se desempeñó con mucha eficiencia. Abogada de profesión, casada, con dos hijos y buen nivel de vida. Me impactó desde el principio su actitud independiente y libertaria, su carácter jovial y su seguridad personal; en suma, tenía una personalidad señera que amalgamaba magnanimidad con modestia sincera y se manifestaba con buena dosis de entusiasmo y buen humor.

Al principio me pareció conocer a una persona igual a ella, pero revisada mi galería de personalidades y personajes comprobé que conozco más bien a varias, pero portadoras parciales de estas características. Luego, era la primera vez que  encontraba acumulada en una sola persona todas estas virtudes. Se trataba por tanto de una señora que estaba por encima del denominador común, superior a muchas por su capacidad de razonamiento y por el empleo oportuno de sus  conocimientos, condición que ella no se proponía hacer notar sino por el contrario, se empeñaba por mimetizarse para aparecer como una más. La recuerdo como si fuera ayer, cuando daba a conocer sus opiniones (siempre importantes) con naturalidad, envueltas en esa siempre bien recibida pizca de ironía e ingeniosos giros idiomáticos.

Fue la preceptora y guía de nuestro grupo. Nos acompañó a las reuniones de  las comisiones, de las plenarias, de los talleres, y nos llevó al teatro, a los actos culturales, incluidas las actividades lúdicas o de esparcimiento. Bastante disfrutamos de su compañía, de sus anécdotas y bromas. Su presencia fue para mí un regalo inestimable debido al placer intelectual que me ha proporcionado. Tanto es así que pronto busqué entablar con ella diálogos personales con el fin de  ganarme su confianza y amistad, y por lo que van a leer a continuación, creo habérmelas ganado.

De este interesante diálogo fui protagonista en un país lejano, hace ya bastante tiempo. Desde el principio me propuse documentarlo para compartir con las generaciones presentes y futuras esta experiencia de vida. Lastimosamente he dejado pasar demasiado tiempo y olvidado ya algunos detalles. Ahora lo reproduzco ya sin la fidelidad plena que merecía, pero con la misma convicción de que podría ser útil a muchas personas en este país donde hombres y mujeres no abordamos el tema aquí asumido con sinceridad y crudeza.

Me premió con el honor de almorzar conmigo y de tomar el café de la tarde en los jardines del hotel. Mantuvimos conversaciones, para mí, francamente memorables, abordando varios temas y  entre ellos uno en especial relacionado con aspectos de su vida personal. Fue una confidencia, una revelación espontánea, hecha de modo natural, fluyendo en medio del diálogo, sin malicia ni recelo. Se desató cuando le comenté que admiraba su aplomo y seguridad, y que le agradecería si me diera una pincelada gruesa y rápida de las condiciones de vida que hicieron de ella la que es.  Sin arrogancia alguna, porque se cuida mucho de ella, me contestó que fue a través de un férreo ejercicio intelectual de aprendizaje continuo y que le costó bastante; me dijo que cometió muchos errores y que esos fueron los que más contribuyeron a su formación, porque los convirtió en fuentes permanentes de aprendizaje para mejorar su vida interior, de relacionamiento y conducta. Pero terminó confesando que la actitud que hoy asume ante la vida y la sociedad (que yo la había notado pronto y muy claramente) es reciente en ella y que para arribar a este puerto final realizaron aportes fundamentales una circunstancia y una persona en particular: una relación  y un hombre.

— Naturalmente su esposo — me apresuré en comentar — Ella movió la cabeza negándolo y agregó:
— Me hubiera gustado que lo fuera, pero lastimosamente no fue él.
— Entonces… ¿un preceptor, un guía, un maestro?
— Ninguno de ellos en la acepción común de esas palabras, pero yo le llamo “mi maestro”, porque literalmente me enseñó el valor sustantivo del placer y a conjugar los verbos vivir y crecer.
— Muy interesante. Cuénteme algo más del caso, por favor — le dije; y comenzó su largo y deslumbrante relato diciendo:
 “Apareció en mi vida de forma inesperada, sin anuncio previo ni toque de tambores. Sencillamente llegó y fue así: Un granjero de las afueras de la ciudad, que fue mi cliente en años anteriores, me visitó para comentarme que lo convocaron sus parientes a participar del juicio sucesorio de un tío que no dejó descendencia; el hombre  era desconfiado pero a la vez estaba interesado en la modesta herencia extra que podría compartir con sus hermanos y primos. Me pidió que lo acompañara a título de abogada de su confianza ante el abogado que lleva el juicio sucesorio. Quería que aquel profesional prestigioso y renombrado supiera que él estaba protegido para que no fuera a intentar abuso alguno.  Y allá nos fuimos, previa concertación de la entrevista. La plática fue muy esclarecedora y provechosa. El colega era  correcto, afable y muy franco. Es de esas personas que procuran darse a entender; que usa palabras sencillas incluso para explicar procesos complejos. Mi cliente se quedó convencido y confiado en él.  Yo, por mi parte, me quedé impactada por el buen trato y la actitud caballeresca del colega, por su don de gente, su delicadeza, al punto que me agradeció el acompañamiento del cliente cuando yo pensaba que podría molestarle mi intermediación.

No pude explicarme la razón, pero al día siguiente sentí  la necesidad de volver a su bufet  para agradecerle la gentileza, y así lo hice. Ya casi nada hablamos de la cuestión sucesoria porque entre profesionales dichos temas se resuelven con pocas palabras en razón de que hablamos el mismo idioma técnico. Abordamos más bien asuntos culturales, tales como las costumbres de nuestra gente, las prácticas más comunes, las reacciones previsibles, etc., para luego informarnos de paso, recíprocamente, sobre nuestras situaciones profesionales, personales y familiares; lo hicimos ambos con toda franqueza y sin mayores reservas. La despedida me estremeció sin saberlo por qué. El maestro me dio un abrazo tan tierno y cariñoso que me sentí sobrecogida; en principio pensé que habría sido por provenir de una personalidad con poder propio, porque siempre escuché que el poder tiene su fundamento moral, su fuerza de autoridad e incluso su carga erótica.  Nos prometimos proseguir, lo que en ese momento ya era una amistad, a través de comunicaciones telefónicas  y correos electrónicos que acababan de inventarlo. Pero esos medios no fueron suficientes para mí. Seguía sin poder explicarme la causa por la cual se me instaló la ansiedad de volver a su despacho cuando ya no tenía necesidad objetiva ni pretextos creíbles que utilizar. Anduve cavilando por más de una semana antes de asumir que el hombre había despertado en mí un sentimiento afectivo muy fuerte que me costaba  doblegarlo o por lo menos ignorarlo.  Recordaba constantemente su porte altivo, sus carnosos y bien formados labios y su nariz perfecta, que armonizan con su sonrisa permanente y sus  palabras siempre agradables. Tuve que admitir que este caballero ejercía sobre mí una  fuerte atracción. Aclarado el caso ante mí misma no tardó en venirme el coraje y decidí escribirle un mensaje de texto que decía algo así como: “Le reitero mis agradecimientos por sus finas atenciones. Su amistad  es  para mí un gran  honor y toda plática con usted me causa enorme bienestar. Su personalidad me es altamente inspiradora pero no quiero importunarle con otra visita”. Naturalmente, una provocación como ésta le debe mover a un caballero y en este caso la respuesta fue inmediata: me invitó para el día siguiente.

Aquel encuentro fue memorable. Estaba yo feliz pero turbada, casi avergonzada y él lo notó de inmediato.  Después del tierno saludo nos sentamos frente a frente escritorio de por medio. El extendió la mano derecha con la palma hacia arriba como reclamando la mía; se la di y el contacto se mantuvo durante la plática. Luego le manifesté que me parecía impropia la postura que adoptamos y me respondió:
— No se preocupe, éste y muchos actos impropios más nos esperan —.  Yo sólo atiné a decir:
—  ¿Le parece? —, y me respondió:
— Estoy más que seguro.
— ¿Ahh sí;  y por qué?
— Porque existe entre nosotros una enorme empatía. Una comunicación muy profunda que no necesita de palabras para manifestarse.

Dicho esto, se puso de pie y avanzó hacia un lado de la mesa manteniendo mi mano derecha en la suya. En ese mágico instante perdí toda noción de ubicuidad y respondí como una autómata a su invitación de encontrarnos en el lado izquierdo del escritorio. Sin más palabras, nos confundimos en un frenético abrazo y un beso apasionado cuya duración me pareció infinita; fue tan intenso que de no haber personas en la sala contigua, allí mismo habríamos consumado todo, porque estábamos impulsados por energías arrebatadoras y además yo ya tenía la convicción de que podría tener con él relaciones sexuales altamente satisfactorias. Simplemente me las  había imaginado.

Al despertarme de ese vívido sueño me arreglé los cabellos como pude y me despedí sin más reclamos de citas. Al salir me temblaron las piernas pero me sostuve en pie y seguí caminando. Ya en el carro intenté reflexionar sobre mi conducta pero no pude porque me sentí invadida por una sensación de inenarrable felicidad.  Quise reprocharme, tal vez arrepentirme, pero en mi interior el alma bailaba, estaba exultante, briosa, como diciéndome: “Por fin comenzarás a vivir; felicidades querida”.  En ese momento me dije: tal vez este accidente emocional me ocurre por hallarme muy carenciada de afecto verdadero, de fervor y de pasión; cansada tal vez de lo meramente formal y de lo rutinario.

Luego vinieron los encuentros íntimos indescriptibles, todos memorables y sin par. Cada acto superaba al anterior según mi percepción.  Descubrimos sensaciones nuevas y fuertes, estremecedoras. Me sentía hondamente emocionada en los momentos en que él se apoderaba de mí, cuando era poseída por él, sometida a sus deseos, convertida en instrumento de su placer, porque todo eso retornaba a mí; era un incesante dar y recibir; todo lo que daba se me retornaba en el instante.  Llegué a conocer todas las cumbres, los placeres más intensos de mi vida, las glorias cenitales. En los intervalos del paroxismo me quedaba en la cama (y me quedo hasta hoy) temblando y llorando de placer.  Por eso no puedo sentirme culpable ni arrepentida sino dispuesta a bendecir lo que me ha pasado a pesar de tener que gozar de este obsequio de la vida al margen de la ley y de la moral.

— La comprendo, pero esa situación de anormalidad ustedes la pueden cambiar, franqueando la cuestión, asumiendo el accidente sentimental que les ha ocurrido. Seguro que piensan hacerlo, ¿no?
— Por ahora no. Yo me conformo con tenerlo.
— ¿Él tiene otro vínculo?
— Lo tiene, pero no es el principal obstáculo. Yo tengo un buen matrimonio y dos hermosos hijos en edad de formación; tengo una familia que no quiero destruir más allá de mi infidelidad. Mi esposo es una bellísima persona, noble, trabajadora, leal. Es la última persona a quien perjudicaría. Además no me ha dado motivos para divorciarme. Su única falencia es la falta de creatividad en las relaciones sexuales; y es así, según mi maestro, porque desconoce que las mujeres no soportamos la rutina, y como consecuencia buscamos aventuras dentro del matrimonio y al no hallarlas somos capaces de buscarlas incluso fuera del mismo.

— Entonces, por ahora al menos, usted seguirá practicando la poliandria.
— Así es; no tengo otra opción. Tengo un marido para ante la familia y la sociedad, y otro que es solo para mí, para mi realización personal, para mi felicidad, alegría y placer carnal y espiritual, porque no se trata solo de sexo a pesar de su enorme importancia en la vida de las personas; se trata de la complementariedad, del otro que te completa y te hace sentir plena. Usted no va a poder imaginarse el cambio que él produjo en mí. Desde que soy suya me siento segura, altiva, diría hasta orgullosa. Camino por los pasillos de tribunales sin sentir el piso, regalando sonrisas a diestra y siniestra, con una alegría interior exultante  que por lo visto se irradia, porque los amigos la perciben y me señalan.
— Así se siente usted y está muy bien, felicidades, pero él ¿cómo se siente en esta relación?
— Diría que igual que yo, guardando las diferencias. Él dice que a pesar de toda su experiencia le sorprende este caso;  que mi aparición en su vida es un hecho inédito; que nunca antes tuvo una mujer tan ardiente que le inspira tanta pasión; se sorprende de su propio rendimiento  conmigo y eso le lleva a creer que soy la mujer que  siempre ha esperado. Hasta entonces yo no sabía que era ardiente y creo que lo soy sólo con él. Entre nosotros se produce un movimiento sinérgico: nos potenciamos recíprocamente.
— Si me permite, doctora, ¿cuánto tiempo lleva esa relación?
— Cinco años y dos meses bien vividos.
— ¿Y no han tenido incidentes como infidencias, delaciones o riñas internas?
— Ninguna. Riñas… jamás; no tenemos lugar para eso. Todo encuentro es una fiesta.
— Pero así, en clandestinidad absoluta, no creo que… ¿Usted no siente la necesidad de salir con él a los actos sociales, de ir una tarde al mar que aquí lo tienen tan hermoso?
— Me encantaría. De hecho me encantaría estar con él las veinticuatro horas del día; juro que no me cansaría, porque es un hombre maravilloso; pero como le digo, por el momento no podemos y de veras me contento con solo tenerlo, con verlo y besarlo, con aspirar la subyugante y erótica fragancia que usa, con acariciar su piel, con beber su aliento y sentir sus manos en mi cuerpo.
— Parece ser un caballero muy competente como amante; un poderoso y envidiable varón. ¿Qué edad tiene él?
— Cincuenta y ocho.
— Ah. Un hombre ya maduro. ¿Y su marido?
— Él tiene mi edad, cuarenta y dos, pero  como ve, le ganó la partida a pesar de esa diferencia de edad.
— Y sí, porque tiene el arte de hacerse amar. Un arte difícil pero sublime, casi un misterio.
— Es un arte que se puede aprender. El caso es que no hay quien enseña ni quien enseñe. Uno debe aprender de la vida.
— ¿Tendría inconvenientes o reservas para ilustrarme mejor sobre los detalles de esa relación sexual que la llena completamente a usted como mujer? Y le pido por esto, porque todo hombre querría saberlo para mantener a su lado a la mujer amada, y de ser posible, siempre contenta.
— No. Ningún inconveniente. De hecho puedo hacerlo porque usted es un extranjero y no vive en este país. A los de aquí jamás les he referido ni lo haría porque a pesar de lo grande que parece, este es un mundo pequeño.  Es más, me causa placer revelar este hecho con todas sus circunstancias porque es para mí una catarsis.  Todos queremos contar lo bueno que nos sucede para que sea dos veces bueno, pero hechos tan delicados como éste, uno no puede revelar ante cualquiera.  Yo lo uso a usted para mi descarga y en compensación espero que le sea útil mi experiencia de vida.

Bueno, esta es una relación excepcional. Le diría que es difícil determinar sus componentes pero lo intentaré. Creo que para una relación como ésta se debe contar primero con el sentimiento; la atracción recíproca, la sintonía, la química; luego viene el trato, la consideración, el respeto, el cuidado que uno pone para preservar la cosa querida.  Esto incluye abstenerse de intercambiar comunicaciones agresivas, hirientes, impertinentes o inoportunas. A esto debemos agregar el conocimiento que debe tener el hombre de la naturaleza humana y en especial del cuerpo de la mujer.  Mi maestro dice que el cuerpo de la mujer es como una guitarra porque hay que saber pulsarla para que suene. Él conoce todos los rincones de mi cuerpo, todos mis puntos sensibles, es asombroso. Yo, antes de ahora, no le daba importancia al sentido del tacto; nunca imaginé que pueda tener igual valor que la vista o el oído, pero cambié de opinión y ahora digo que es uno de los sentidos más finos y valiosos que tenemos.  Es el disparador del placer más intenso, primitivo y animal que puede sentir el ser humano.  Los demás sentidos proporcionan placeres intelectuales.  Esto me enseñó mi maestro en forma teórica y práctica.  Sus dedos me encienden, me estimulan hasta el paroxismo, me estremecen. Muchas veces me arranca un orgasmo antes de la penetración.  Luego tenemos el coito prolongado que mucho necesita la mujer, porque no hay peor sexo que el que brinda un hombre con eyaculación precoz.  Esa es una fiesta que acaba antes de comenzar.  Por favor, controle eso si quiere ser amado, porque si de eso padece, su mujer le puede tener gran respeto, admiración, mucha consideración y hasta cariño, pero nunca lo va a amar con esa carga de erotismo que es el condimento esencial en la relación de pareja.  Y esto también tiene sus secretos.  Según mi maestro, para prolongar el coito el hombre debe tener, en primer lugar, blindado el miembro viril, preferentemente por vía de la circuncisión, porque en ese caso el glande genera una defensa epitelial contra la alta sensibilidad, que es la que muchas veces precipita las emociones y traiciona al  hombre.  Luego él recomienda que el hombre se despoje de su egoísmo, de sus ganas de darse satisfacciones personales y se dedique enteramente a su pareja, tratando de complacerla en todo momento, estimulándola, susurrándole palabras de alto contenido erótico. Él me cuenta que en su juventud fue muy mal amante y para superarlo hizo de todo.  Puedo certificar que hoy es un verdadero maestro. Yo fui reeducada por él y mucho le agradezco, porque si no fuera por él iba a pasar por esta vida sin conocer los placeres más intensos y la felicidad. Me enseñó por ejemplo a no alzar la voz durante el acto y a reemplazarla por susurros, gemidos y suaves protestas de placer.  Solo cuando llego al momento del orgasmo me incita a elevar la voz y a gritar mi placer con toda libertad.  Esto significó para mí una nueva vida.  No sabía nada de esto porque me había casado siendo una chica tonta y mi marido no me educó para el sexo.  Allí empezó su error, porque para la práctica del sexo uno debe educar a su pareja y adecuarse a ella. Cada pareja tiene la necesidad de reeducarse, de experimentar actos diversos, analizarlos y evaluarlos juntos.  La mujer también debe conocer a su hombre, saber sus zonas erógenas, los puntos en que están ubicados,  para poder estimularlo justo allí. El sexo es un acto de dos y su optimización es responsabilidad de ambos. Nadie debe salir de una relación sexual sin haber logrado el orgasmo y la eyaculación.  Es la regla más elemental en la relación sexual de la pareja humana.  Pero el sexo es algo complejo, que nunca se termina de aprender.  Por último, y esto creo haberlo dicho ya, la pareja debe ser creativa en la cama para evitar la rutina; debe experimentar de todo porque allí no hay nada que sea prohibido.  A mi juicio, estos son los presupuestos para la paz, el amor y la fidelidad de la pareja.  Cuando hablo de paz me refiero a la ausencia de desconfianzas y de celos, sentimientos ruines que nacen de la inseguridad y de la conciencia no manifiesta que uno tiene de no estar brindando a su pareja lo que le debe brindar.

— Gran parte de esto ya lo sabía yo, pero estoy pensando en la gente común que es enteramente ignorante de estos conocimientos y por ende no le saca provecho a su cuerpo — le dije, y me respondió:
— Ay… no. La gente común es muy desdichada. Gran parte de la humanidad esta frustrada, otra parte resentida. Son más las personas insatisfechas y amargadas que las felices.  Por eso hay tanta violencia en nuestras sociedades, tantos enfrentamientos, tantas guerras. Estoy convencida de que la persona humana se ennoblece más por las artes, por las bellas artes y por el sexo satisfactorio que por otros medios.  Si se cultivaran estos aspectos el mundo sería distinto, porque la persona que alcanza la plenitud no puede salir a la calle a promover guerras de ningún tipo.  Mi maestro sostiene que las más grandes culpables de estas desdichas son las religiones y sus iglesias, porque satanizaron el sexo, uno de los más bellos atributos de la persona humana, y lo hicieron con el propósito de domesticar a la gente, de enseñorearse sobre ellas, de dominarlas.  Él las responsabiliza de las penurias de miles de generaciones y miles de trillones de personas que pasaron por este mundo sin gozar de lo quela naturaleza (o Dios si se quiere) les ha dado, de los milenios de desdichas de la humanidad entera.  Yo, por mi parte sostengo, sin exonerar de culpas a las religiones, que en la actualidad los grandes culpables son los Estados laicos que, estando ya libres de presiones religiosas, siguen los designios del oscurantismo medioeval, en vez de implementar programas de educación sexual, con independencia de la opinión de las iglesias, basadas en principios científicos y en la experiencia de la humanidad.  A mi juicio esto es lo que verdaderamente promovería el desarrollo humano. De hecho pienso que si el desarrollo de la razón a través de la filosofía que gestaron los antiguos griegos no se hubiera eclipsado en la edad media por la hegemonía de la religión, y si aquella época se hubiera enlazado con la edad moderna, hoy habríamos estado colonizando todo el espacio sideral y nuestras sociedades habrían alcanzado un altísimo nivel de concordia, paz y felicidad. En otras palabras, el mundo de hoy habría sido muy  distinto si las iglesias, en vez de satanizar el sexo, se hubieran dedicado a enseñar su buen uso, para sacarle provecho y buscar a través del mismo la felicidad terrenal como anticipo de la vida celestial”.

Por las dudas, por si la revelación de estas intimidades fueran a  significar algo que yo podría perderme por mera ingenuidad, le formulé esta solapada consulta:
— ¿Ha llegado usted a diversificar sus relaciones para disfrutar a plenitud de todos estos conocimientos?; y me respondió:
 “Colega: parece que usted no comprende el sentido de la plenitud. Cuando a ella se llega terminan las necesidades que buscamos satisfacer con el concurso de terceras personas; uno se mantiene fiel a su pareja sin ningún esfuerzo. Yo la he logrado y desde entonces no he tenido ojos para nadie más”.

En este  punto terminaron las revelaciones confidenciales de mi amiga porque se nos acabó el tiempo, pero me quedé fuertemente impactado por la sinceridad y la crudeza de su relato; todo un desafío para nuestra hipocresía sobre este tema tabú: la insatisfacción sexual, fuente de tantos desmanes y sufrimientos; y es tiempo ya que abordemos este tema con la madurez debida antes que sufrir en silencio la desconfianza y los celos, o de recurrir a las agresiones verbales y físicas, o provocar la intervención de terceros, de la policía o de los órganos judiciales; y por sobre todo, para evitar los delitos y los crímenes que muchas veces perpetran los miembros de la pareja contra su propia pareja.

Años después de aquellas conversaciones mi amiga me escribió contándome que acababa de casarse su hija menor y al quedarse sola con el esposo le fue más difícil la convivencia.  Entonces le propuso salir ella de la casa durante la semana para ir a vivir sola en un departamento sobre la calle central, cerca de tribunales, con el fin de agilizar sus trabajos,  y decidieron pasar juntos solamente los fines de semana.  Refirió que inmediatamente su maestro hizo lo mismo, liberando también su tiempo para estar con ella.

Como un año después de aquella carta me volvió a escribir para contarme que la flexibilización de las relaciones produjo un efecto colateral: su marido había entablado relaciones sentimentales con una compañera de trabajo y en el momento de descubrirse estaban ya severamente enamorados. Entonces le pidió el divorcio y diligenció el juicio rápidamente; y me cuenta que ahora, por fin, vive junto a su maestro, pero sin la formalidad del matrimonio.

En definitiva, el hecho que precipitó mi decisión de transcribir este relato fue la última carta de mi amiga, recibida la semana pasada, en la cual me cuenta que su maestro acaba de celebrar sus 80 años de vida y que ella sigue feliz a su lado, tanto como lo fuera en aquellos primeros días de su relación.

Tadeo Zarratea
Abril de 2015.

                                           

Nota: El presente relato es el adelanto de un capítulo de mi novela en etapa de elaboración.  La confusión creada en algunos lectores se debe a la falta del correspondiente marco novelístico. 

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