Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

sábado, 22 de octubre de 2016

Tan Tan y La’ýla

Por Tadeo Zarratea

¿Ustedes suelen escuchar a la gente contar los casos de Lázaro Cardozo?  Este es un señor de quien se cuentan muchas cosas y en todas partes.  Dicen que tenía muchísima plata el viejo.  Tenía muchos campos de primera y tantas vacas que no se podía terminar de contar, pero era tremendo el hombre; era muy riguroso y tacaño.  Amaba el dinero de mala manera.  Dicen que su estancia estaba ubicada entre Villarrica y Oviedo y después de su muerte ese lugar heredó su nombre: “Sarokaro”, porque así le llamaba la gente de habla guaraní, y él mismo usaba ese nombre para darse importancia ante el personal de su estancia. Dicen que siempre repetía: ¡No se olviden quién es Saro Caró… no le busquen, cuidado, cuidado!

Dicen que ningún sirviente le reprochaba ni con la mirada; ni cuando les azotaba con arreador.  A toda su gente le tenía al hilo y por eso mismo eran pocos los que le fallaban.  Pero el doctor Mojoli me contó que una vez llegó a fallar con él un capataz, de nombre Emeterio, al que le decían “Meterio”.  Le contaron que ese hombre se equivocó muy grande.  Cuentan que tenía don Lázaro Cardozo una hija a la que le hacía trabajar en el campo a la par que los hombres y ella tenía una hija de nombre Teresita.  Dicen que solamente esa nieta conseguía, a veces, ablandar a don Lázaro porque le mimaba mucho y hasta de malas maneras.  Esa nietita hacía cuanto quería con su abuelo;  él le compraba todas las cosas que deseaba.

Así andaban las cosas cuando en un 6 de enero don Lázaro viajó a Villarrica.  Se subió a su sulky llevando mucha comida para el viaje.  El sulky iba tirado por dos yuntas de caballos tordillos de largas crines y como acompañantes iban seis jinetes armados, montados en poderosos caballos.  En la ciudad realizó muchas compras y de regreso le trajo a su nieta dos muñecas de loza; una de cutis blanco y la otra totalmente negra.  Y la niña quedó encantada. Ya ni dormía la Teresita que andaba arrullando a sus dos hijitas.  El abuelo le llamó a la negra: Tan Tan, porque era africana según él; y a la blanca le dio nombre Meterio, el capataz de su abuelo, que le dijo a Teresita: “porque no le llamás a ésta La’ýla, porque ésta, como toda rubia, es mandioca y agua, no tiene ninguna gracia la pobrecita”. 

Teresita le lanzó una mirada de reproche pero la muñeca se quedó con ese nombre, y eso que Meterio le dijo sólo por hacerle una broma. Ese capataz dicen que era una criatura grande, demasiado noble y bondadoso; nunca decía ni hacía cosas malas. Era manso como un viejo buey y muy servicial.

Cuentan que luego, durante una larga siesta del verano, cuando el viejo dormía, Meterio le dijo a la niña:
— Tienen las cabezas muy peladas tus hijas, sin embargo ya son grandes; estas ya tienen que tener cabellos.  ¿No querés que les ponga unos cabellos?.
— Sí quiero — le dijo la niña.
— Esperame — le dijo Meterio y salió, se fue.

Había sido que agarró un cojinillo (piel de oveja lanuda) amarillo blancuzco, mullido y espumoso, y con una navaja cortó las lanas de hacia abajo, sacó una buena puñada y trajo; le pidió a la cocinera que le haga engrudo de almidón y comenzó a pegar la lana en la cabeza de La’ýla.  La cabellera quedó perfecta y tanto que Teresita se puso a hacerle varias trenzas finas. La’ýla se convirtió en una auténtica gringa, a punto de hablar inglés.  Después Meterio le pidió a la empleada anilina, mezcló con polvo de carbón y tiñó la lana restante, secó al sol y al viento y después pegó en la cabeza de Tan Tan.  Le puso las lanas más cortas y enruladas.  Tan Tan se convirtió en una auténtica negra brasileña. Cuando uno le mira da la impresión de que está a punto de bailar la samba. 

Una alegría incomparable se apoderó de la pequeña niña. Bailaba, brincaba y saltaba de ansiedad porque demasiado ya quería que se levante su abuelo para mostrarle cómo quedaron Tan Tan y La’ýla con sus nuevos cabellos.

Por fin se levantó el viejo y para más de mal humor; pidió que le prepararan su mate y ya nomás le dio un rebencazo a la machú por ser despaciosa.

Llegó junto a él Teresita con sus dos muñecas y le dijo:
— Mirá un poco abuelo, ya tienen cabellos.

El viejo agarró las muñecas y se puso a examinarlas dándoles varias vueltas, palpó  los cabellos nuevos y le preguntó a la niña:
— ¿Quién hizo esto?
— Meterio hizo para mí — le dijo la criatura
— Andá llamale a Meterio — le dijo, y brincando salió la niña. 
Cuando Meterio se acercó junto a él le preguntó:
— ¿De dónde sacaste la lana para hacer estas cosas?

Al escuchar Meterio esa pregunta se dio cuenta de que acababa de fallar con el patrón.  Algo frío se le subió desde abajo y sintió que le temblaban las piernas; pero no tenía otro camino que revelar el origen de las lanas.

— Y… esto… saqué de uno de nuestros cojinillos; de hacia abajo saqué patrón; no fue dañado — le dijo.
— Andá traé. Vamos a ver — le dijo.

Al ver en manos de Meterio el cojinillo se puso a gritar en forma desaforada.

— ¡De mi cojinillo nuevo acaso sacaste, desgraciado! ¿Quién sos para estropear mis cosas? ¡Verdad que sos atrevido! ¡Viejo tuerto y estúpido!

Cuentan que mucho tiempo después cuando Meterio recordaba este caso y aquellas palabras del patrón, solía comentar: “Esa vez no me dolió nada lo de estúpido ni lo de tuerto; esa palabra “viejo” fue lo que más me molestó y no sé por qué”.  Cuando entonces él era ya un hombre entrado en años pero todavía fuerte y era verdad que uno de sus ojos tenía defecto, tenía nubes, pero veía bien.

— ¡Adela! —gritó Saro Caró . —¡Adela! —
— ¿Qué pasa Lázaro? — dijo su esposa acercándose.
— Andá traéme mi amansalocos. Le voy a devolver su juicio a este viejo de mierda 
— ¿A quién te referís, Dios mío? — dijo doña Adela.
— Y a mí la señora, porque saqué lana de su cojinillo para el juguete de esa criatura — salió diciendo Meterio.
— ¡Oh mi Dios!, pero entonces mi señor ya estás loco. Tantos cojinillos que tenemos.
— ¡Pero este es mi cojinillo nuevo pues, el más lindo de todos! Pero aparte de eso, qué podés entender vos mujer ignorante. Pasáme sí ya el arreador.
— Pero por favor, dejame en paz — dijo la señora y salió de allí.

— Por qué no te compro un cojinillo más lindo que éste patrón; ahora entiendo que me equivoqué. Te pido que me perdones — le dijo Meterio. 
— ¡No señooorrr! Eso ni nunca. Andá. Haceme fuego en ese horno y vení a llevar estas muñecas a quemar allí. Después agarrá tus pilchas y andate. Pronto. Rápido. No quiero en mi casa empleado facultativo como vos.

— ¿Por esta zoncera acaso me vas a echar patrón, después de servirte 20 años?
— No me interesa ni 20 ni 40 años. No quiero escuchar de tu boca nada. Salí de mi casa te digo, rápido, o querés que te mande preso por causarme perjuicio. Eso es lo que te merecés.

Meterio hizo fuego en el horno mientras Teresita con lágrimas en los ojos le rogaba a su abuelo que no queme las muñecas. “Le voy a sacar nomás otra vez los cabellos abuelo”, le decía y se lamentaba dolientemente.  Atusaba los pelos de sus muñecas, las abrazaba, las apretaba contra su pecho y derramaba lágrimas por doquier. Pero al viejo no le entraba ni bala bendecida. Cuando el fuego del horno se avivó lo suficiente, Meterio tiró adentro las dos muñecas y en ese momento volvió a sentir, después de 40 años, que las lágrimas rodaban por su cara; recordó que solo cuando murió su madre lloró de esa forma. Teresita parecía entrar y salir en la boca del horno gritando: ¡Adiós mi Tan Tan, adiós mi La’ýla!

Al levantarse Saro Caró de su perezosa sintió un mareo y se cayó de cara. Se estrelló contra el suelo y se rompió todito la nariz y la boca. Se fue lavándose la cara con sangre por los caminos de Villarrica; pero no murió. Un tiempo después volvió pero con la cara llena de cicatrices.  Teresita desde entonces nunca más le dirigió la palabra a su abuelo. Y cuando las cosas se pusieron muy mal le agarró su madre y le llevó a Asunción; le internó en el Colegio María Auxiliadora.  Cuando salió de allí se casó, pero no pudo tener hijos. Después de 10 años su marido empezó a preocuparse y recorrió con ella los consultorios de los más diversos doctores. Por fin se topó con un médico verdaderamente sabio que le dijo después de estudiar durante 6 meses el caso de su esposa:
—No va a poder concebir tu señora porque había sido que su abuelo mató delante de ella a sus dos primeras hijas.
 Cuando el marido comenzó a enojarse el psiquiatra le aclaró la situación, revelándole el caso de Tan Tan y La’ýla
-- Esto se llama trauma y no tiene remedio - le dijo.
— Eso no voy a creer — dijo el marido — Yo puedo encontrar remedio paraguayo para eso. El fruto de tanto esfuerzo y trabajo no he de dejar en manos de quienes no son mis descendientes.
 Salió y se fue a Sarokaro y allí, debajo de un enorme lapacho mandó cavar dos tumbas y levantó sobre ellas dos panteones.  En una cruz de mármol mandó grabar el nombre de Tan Tan y en la otra el nombre de La’ýla.  Vino a Asunción a llevar a su esposa. Contrató un sacerdote; hizo una gran comilona para todos los vecinos de Sarokaro. Rezaron mucho las viejas santularias y lloró bastante doña Teresita. Luego de tres meses de proceder al simbólico entierro de sus hijas, doña Teresita se embarazó.

Traducido por el autor al castellano paraguayo coloquial de su original en guaraní.

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