Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

miércoles, 18 de junio de 2014

Paraguay: un país con diversidad cultural que requiere políticas culturales inclusivas

Por Tadeo Zarratea

El Paraguay está calificado por su aspecto social como “El país latinoamericano más latinoamericano de todos”. Este calificativo le fue dado porque, tanto étnica como culturalmente, no es ni muy latino ni muy americano, sino equilibradamente mixigenado.  Su población es mestiza por excelencia. Es la resultante de un mestizaje tempranero, que se inició con la toma por la fuerza de la aldea fortificada de Paraguaÿ, capital del pueblo guaraní-karió, en 1537, por tropas españolas; y de otra oleada reciente pero muy intensa de mestizaje, que se produjo 3 siglos después, con la apertura de los 21 “pueblos de indios” a la población nacional. Por un decreto supremo el gobierno nacional expropió las tierras y haciendas de los 21 pueblos de indios en 1845, y en compensación levantó la prohibición de casamientos entre mestizos e indígenas cristianos. Los pobladores de aquellos pueblos instalados por sacerdotes misioneros, jesuitas y franciscanos, en su mayor parte sobre aldeas indígenas preexistentes, que permanecían aislados y cerrados al mestizaje, pasaron desde entonces a mezclarse con el  grupo originario del pueblo paraguayo, integrado por mestizos y criollos. Los indígenas, ya para entonces convertidos al cristianismo en esos 21 pueblos, lograron con aquel decreto el estatus de paraguayo, con derecho a ingresar a la milicia, a trabajar y realizar el comercio con paraguayos, pero lo más importante fue el derecho a casarse con paraguayos y paraguayas.  Estos dos hechos redujeron la población indígena tribal del Paraguay a lo que es hoy: menos del 3 % de la población nacional.

El grueso del indigenado cristianizado dejó el sistema social tribal, que significa vivir en comunidad,  para pasar a vivir en familias nucleares, como miembros de un Estado nacional regido por la ley; dejó el régimen económico de subsistencia, que no acumula bienes, y pasó a ejercer el trabajo rentado para acumular bienes. La transformación ha sido por tanto religiosa, económica y social, pero en lo cultural el proceso de cambio ha sido muy lento en razón de que el indigenado se vino con su lengua y buena parte de la cultura vertebrada por ella. El guaraní es una lengua portentosa; y para certificar esta aseveración me veo obligado a citar a Eduardo Galeano que dice: “El guaraní es la única lengua de un pueblo vencido que se impuso a la lengua del vencedor, en todo el mundo y en toda la historia”.

Según informes científicos, en el ADN del paraguayo de hoy predomina el componente europeo, pero culturalmente él, como persona que interactúa en sociedad, está mucho más cerca de la cultura originaria americana, vertebrada por la lengua guaraní.

Este es el proceso histórico social del Paraguay  que hoy se manifiesta en su bilingüismo guaraní-castellano y su cultura de dos polos. El bilingüismo paraguayo es diacrónico, diatópico, diastrático y diglósico. Es producto de hechos históricos irrevocables, abarca todo el territorio nacional y permea todos los estratos sociales. Sin embargo este bilingüismo es diglósico porque el guaraní, siendo lengua de la mayoría nacional, tiene estatuto de lengua de minoría; se halla subalternizado frente a la lengua castellana. Cientistas sociales  y visitantes  observadores han señalado que el Paraguay tiene una población homogénea, tanto desde el punto de vista étnico como cultural, ciertamente es éste su aspecto predominante,  pero su realidad socio-cultural intrínseca es diferente. La cuestión es que la cultura mayoritaria, envolvente y totalizadora, no ha permitido presentar al Paraguay como verdaderamente lo es: un país multilingüe y multicultural, porque dentro de su territorio son habladas, cada día y por poblaciones humanas estables, 15 lenguas a través de 28 dialectos. El país es un mosaico de lenguas y culturas, y atendiendo al origen de las lenguas, las clasificamos en tres bloques: las lenguas americanas, las europeas y las asiáticas. No obstante ello, cabe acotar que la sumatoria de estos grupos de minorías culturales no alcanza el 8 % de la población nacional según el último censo. Los indígenas el 3 % y los europeos y asiáticos el 5 %. La señalada homogeneidad del pueblo paraguayo es, por tanto, de más del 90 %.

1) Marginación del indígena

Las mencionadas minorías culturales se hallan marginadas de la sociedad nacional; los indígenas por razones de lengua y cultura, y los no indígenas por razón de lengua. Consecuentemente, es mucho más fácil la integración de europeos y asiáticos que la de los indígenas.  Este último grupo no se integra por tres causas: 1) la cuestión religiosa; 2) la cuestión económica, y 3) la cuestión educativa y cultural.  Los indígenas no son cristianos en su mayoría, a pesar del intenso asedio que sufren de parte de decenas de iglesias cristianas con misiones de evangelización. Por lo general ellos mantienen sus religiones originarias y lo único que piden es que se los respete, se los deje en paz, que se haga cesar el acoso. Los guaraní en particular alegan que ellos no realizan propaganda para extender su religión hacia otros pueblos y reclaman el mismo trato. 
En cuanto a la cuestión económica los indígenas no participan en el sostenimiento de la economía nacional; ellos tienen una economía de mera subsistencia; no realizan cultivos de renta y por ende no tienen productos excedentes que vender; no practican el comercio, no pagan impuestos ni son consumidores habituales sino en una mínima escala. Ellos tienen cultura de cazadores-recolectores; viven de lo que provee la naturaleza y tienen la imperiosa necesidad de conservarla por eso mismo; son ecologistas naturales y son los verdaderos ecologistas con que cuenta el país. El sistema educativo nunca nos enseñó a los paraguayos que estas son las características principales de los pueblos indígenas; jamás nos informó que ellos no acumulan bienes ni almacenan alimentos.  
En cuanto al aspecto socio cultural, el indígena no tuvo acceso a la lecto-escritura hasta fines del siglo XX porque la dirigencia nacional tenía la convicción de que la alfabetización no es posible realizar en las lenguas indígenas, incluida la guaraní, sino solamente en lengua castellana.  La oferta de alfabetización fue por tanto ésa, la cual, naturalmente, fue siempre rechazada por los indígenas por entender que es un instrumento de transculturación y por ende de recolonización. Recién en este siglo los indígenas aceptaron la alfabetización de sus niños y la admitieron bajo tres condiciones: 1) que sea en su lengua propia, 2) que los textos hablen de la cultura propia, y 3) que los niños sean alfabetizados solamente por maestros indígenas, habilitando a los maestros paraguayos solo para alfabetizar a los adultos.

Estos problemas de integración no lo tienen las minorías europeas y asiáticas, las cuales por lo general ejercen el comercio y todo tipo de actividad económica, siendo su marginamiento muy relativo por limitarse a la comunicación.  Es más, en cada generación los descendientes de europeos y asiáticos se van aproximando más y más a la comunidad nacional e integrándose a ella sin mayores inconvenientes.

El caso del indígena es diferente y más difícil de resolver porque se trata de la cultura del otro, del derecho a la otredad o del derecho a la alteridad.  Ellos deben insertarse en la cadena productiva con las condiciones por ellos aceptadas.  Posiblemente existan dos caminos iniciales: 1) la promoción y comercialización de sus productos artesanales, y 2) el turismo cultural.  La permanencia de los indígenas en el territorio nacional es de suma importancia para la ecología y para la cultura. Lamentablemente los sucesivos gobiernos que tuvimos y que tenemos no comprenden que para aproximar la cultura del otro a la nuestra se necesita de especialistas, antropólogos, etnólogos, lingüistas, promotores sociales, sociólogos, etc.

El hecho de que las minorías culturales del país no lleguen al 8 % de la población nacional, no constituye motivo para la segregación de las mismas.  El Estado tiene el deber de promover políticas públicas inclusivas porque ellas son parte legítima de la comunidad nacional, parte diferenciada pero inescindible de ella. Estas minorías tienen el derecho de acceder a los beneficios del desarrollo sin alterar en grado sumo sus respectivas culturas.

2) La exclusión socio cultural del campesino

Pasamos a hablar de otra exclusión de hecho, que se produce también por razón de lengua, y es la registrada entre la población campesina y el resto del país. En el Paraguay el campesinado, entendido como el productor agrario en pequeñas fincas, se halla marginado de la cultura oficial por varias razones, pero especialmente por la lengua que habla.  El campesinado habla guaraní con absoluta preferencia y esta lengua se halla marginada por la cultura oficial. Esta situación corta, virtualmente la comunicación entre el campesinado,  el Estado y otras  instituciones, dejando como resultado el aislamiento de los trabajadores agrarios.  Este fenómeno no ocurre en otros países de América Latina donde la población agraria habla la lengua oficial del Estado.  El guaraní no fue admitido como lengua en las instituciones de enseñanza hasta fines del siglo XX y consecuentemente los portadores de la misma quedaron excluidos con ella de la cultura oficial.  De ello deriva también un estigma que descalifica al campesino, lo degrada, y lo margina socialmente.  En cuanto al aspecto económico, el campesino paraguayo, si bien produce productos de renta y hasta de exportación, su producción tiene escasa incidencia en la economía pública. El Estado no ha tenido políticas de apoyo y defensa de la producción agraria y como consecuencia los productores se han visto virtualmente despojados de los productos de su trabajo durante siglos. Los precios son establecidos unilateralmente por los compradores y por supuesto siempre se reduce a una mísera paga. Dicha situación ha llevado a la pauperización del campo y a la quiebra de las pequeñas empresas agrícolas familiares, acentuando la marginación del campesinado.   Como consecuencia de todo esto se tiene la marginación del campesinado y para integrarlo tanto a la economía como a la cultura nacional, el Estado debe promover políticas inclusivas que atiendan principalmente a dichos aspectos. 

3) La postergación de la mujer. Un hecho cultural

En el Paraguay la mujer no se halla marginada sino postergada. Integra la sociedad nacional en todos sus estratos, como es natural, pero no tiene los mismos derechos del varón. Esta situación de hecho proviene de las profundidades de su historia; de los tiempos coloniales en que fueron sometidos tanto el varón como la mujer al poder de los terratenientes, españoles primero, criollos después y finalmente mestizos. La independencia nacional propició la liberación del hombre descuidando la de la mujer, la cual prosiguió con el mismo estatus, siendo sometida a su propio esposo.  La cultura de la resignación impidió por mucho tiempo el reclamo de mayores derechos por parte de las mujeres.  En el Paraguay no se registran hechos históricos de rebelión de las mujeres en reclamo de sus derechos. Por suerte es un país tributario de la legislación internacional y de las corrientes culturales internacionales. El Paraguay es un país con vocación integracionista; siempre quiso y siempre estuvo inserto en la mancomunidad de naciones.  Por esa vía llegó al Paraguay la ley que declaró la igualdad de los derechos civiles y políticos de la mujer con el hombre en 1956.  A partir de entonces la mujer abandonó el estatus de “persona menor de edad” que tenía y que fuera puesta por eso bajo la tutela del marido, en la misma condición de un niño.  Dicha ley le permitió tener dentro del matrimonio sus bienes propios que antes no los tenía, e inclusive sus bienes reservados, en forma independiente de sus bienes gananciales, que antes tampoco los tenía.  Ganó también el derecho al voto unipersonal y se acabó el tutelaje civil del marido.  A partir de entonces fue creciendo el reconocimiento de los derechos de la mujer, pero aún falta bastante para alcanzar la igualdad con el hombre. En este punto el Estado debe promover políticas inclusivas de la mujer, removiendo los obstáculos que le impiden la integración plena y en igualdad total con el varón.

4) La marginación de las personas con discapacidad

Una población minoritaria, socialmente marginada, es la de las personas con discapacidad.  La situación social de los mismos ha sido históricamente la de personas que por su discapacidad han sido tenidas con el estatus de un menor de edad, es decir gente que requiere tutelaje para su desenvolvimiento. El paraguayo tiene una cultura de respeto y conmiseración hacia la gente con discapacidad relativa, sea física o mental. Pero esa actitud paternalista ha impedido siempre la articulación de políticas que propendan al desarrollo de esa población afectada.  Históricamente a los discapacitados no se los ha llevado a la escuela y por lo mismo no han tenido acceso a la lecto-escritura; nadie se ha ocupado de su formación profesional y mucho menos de la cultural, porque dichos aspectos no se hallan contemplados en la cultura del paraguayo común, para el cual, los discapacitados físicos y mentales deben sobrevivir, y dignamente si es posible, pero no cree que pueda desarrollarse, progresar y crecer como persona. Por lo general las familias ocultan a los discapacitados físicos y mentales y la sociedad ejerce la política de la invisibilización. Esta situación se puede remover mediante políticas inclusivas que se propongan promover el desarrollo y crecimiento de los discapacitados físicos y mentales.

5) La marginación de las personas con orientación sexual atípica

La situación de los individuos pertenecientes al hoy llamado tercer sexo, incluyendo a homosexuales, transexuales, travestidos y lesbianas, nunca fue plenamente tolerada por la cultura paraguaya.  Ésta, signada por los criterios de la religión cristiana, no ha desarrollado la cultura de la tolerancia y mucho menos de la inclusión social de estos individuos. El prejuicio existente es francamente incontrolable por ahora. Existe en las personas un rechazo instintivo hacia los pertenecientes  al grupo de sexo atípico. Las familias no asumen cuando uno de sus miembros pertenece a dicho sector y los propios afectados pocas veces revelan o asumen su condición de tales. En torno del tercer sexo se ha creado toda una cultura de hipocresía y simulación con el fin de evitar el rechazo frontal. Los individuos pertenecientes al grupo generalmente se refugian en el arte, en la cultura o en las ciencias. En esas actividades ganan respetabilidad como profesionales primero y luego como personas.  Como muestra señalamos que la Constitución Nacional define el matrimonio como: “la unión estable entre el hombre y la mujer”, definición que no permite que durante su vigencia sea denominada “matrimonio” otras formas de unión entre las personas.

Con el avance del desarrollo humano los estados y los pueblos van progresivamente reconociendo la existencia innegable en su seno de las personas pertenecientes al tercer sexo. Dicho reconocimiento viene impulsado por la idea de que el fenómeno del sexo atípico se registra en todas las especies animales, incluyendo todas las escalas.  Consecuentemente corresponde abrir las compuertas de la sociedad tradicional para el reconocimiento y admisión de los individuos pertenecientes al grupo, asumiendo como verdad científica que dicho reconocimiento no significa promoción, propaganda ni incentivo para el crecimiento del grupo.  Es necesario combatir este tabú utilizado por la gente para impedir el reconocimiento de los derechos humanos de las personas pertenecientes a dicho grupo. Lo ideal es que la sociedad paraguaya acepte con naturalidad que un determinado porcentaje de su población pertenece al grupo de personas con orientación sexual atípica o heterodoxa.

6) La marginación de las minorías políticas

La sociedad paraguaya, debido a su escasa formación democrática, es largamente intolerante con las minorías políticas.  Su concepción democrática se halla distorsionada por un pensamiento perverso que consiste en la idea de que sólo el grupo mayoritario tiene derecho a ejercer el gobierno de las instituciones. El campeón de esta idea fue el dictador Alfredo Stroessner, que no se cansaba de repetir su slogan: “En la democracia, la mayoría manda”. Con este discurso aplastaba a las minorías.  Hasta la década del 80 del siglo pasado se practicó en el Paraguay lo que nosotros dimos en llamar “la democracia de cara de perro”. Hasta entonces en todas las entidades donde las autoridades eran nombradas por votación, se le adjudicaba la totalidad del poder al grupo que ha ganado la competencia electoral aunque sea por un voto. Las minorías eran totalmente radiadas del poder y consecuentemente solo les restaba sabotear al gobierno y conspirar para empujarlo hacia el fracaso. En la década del 90, durante el primer gobierno democrático post dictatorial, el Parlamento dictó la Ley Electoral consagrando el régimen político de representación proporcional directa de todas las fuerzas intervinientes en las justas electorales (y valga la anécdota de que en la Cámara de Diputados se registró empate entre los partidarios y los adversarios de dicho sistema, habiendo desempatado a favor el presidente de la Cámara, diputado Miguel Ángel Aquino).  Al principio fue difícil la implementación en los comités partidarios, en las cooperativas y otras organizaciones intermedias. La gente no podía tolerar la presencia de la minoría en los consejos directivos.

Esta cultura de marginación de los grupos minoritarios sigue vigente  pero declinando paulatinamente. Para contrarrestarla se requiere de una vigorosa promoción de la idea de que “la democracia no es el gobierno de la mayoría sino el gobierno de todos”; es el gobierno del pueblo y el pueblo no es la mayoría circunstancial.

Una situación que conspira contra la cooperación entre bloques es la cultura de las ideas absolutas, denunciada por el Maestro del Arte Augusto Roa Bastos en su obra cumbre: “Yo el Supremo”; la cultura maximalista y totalitaria, que se puede resumir en estos eslóganes: “quiero todo el poder o nada”; ñamanda’ivaerärö ñamanda’ÿnte, vencer o morir, independencia o muerte, ñampatavaerärö japerdénte y muchos otros eslóganes que ilustran esta cultura. Se halla mal visto por la sociedad el diálogo entre la mayoría y la minoría. La gente lo califica inmediatamente como “transada”, esto es, un acuerdo espurio que se concierta para sacar ventajas personales en detrimento de los intereses generales. En el Paraguay el que dialoga hallándose en el poder es un flojo y el que lo hace desde la oposición es un vendido. El diálogo no es el medio para resolver los problemas sino “una pelea” que sólo desgasta.

El Paraguay necesita profundizar su joven democracia. Necesita con urgencia educación democrática y republicana; formación de líderes democráticos y por sobre todo necesita promover la enseñanza de los beneficios de la cooperación entre mayorías y minorías y los beneficios de la tolerancia entre las mismas. El Estado y las municipalidades deben practicar cada vez con mayor eficacia la democracia representativa, participativa y pluralista que establece la Constitución Nacional. Del mismo modo deben hacerlo las organizaciones intermedias y las familias, porque la democracia no es sólo una forma de gobierno; es un sistema de vida.

Tadeo Zarratea
18 de junio de 2014

Presentado en el 2º Simposio Internacional “Hacia nuevas políticas culturales”; 17, 18 y 19 de junio de 2014, en la Sala Bicameral del Congreso de la Nación. Asunción – Paraguay. 

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