Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

miércoles, 15 de febrero de 2017

ARRIBEÑO DEL NORTE


Lo que haya – dijo el hombre – Cualquier cosa.

Cabalgaba a plomo, pero echándose un poco atrás de la cruz de su montado, como los chaqueños.

– No – dijo la vieja.

– Cualquier mandioca hervida – insistió el jinete con paciencia, señalando el mandiocal mezquino.

– No – repitió la vieja.  Un temor como reciente trababa su voz – No tengo nada. Soy muy pobre – agregó mirando a sus espaldas, como si quisiera convencer al extraño indicándole el rancho ruinoso, o como si se moviera para huir de una vez.

– Pero algo has de tener, señora  – el arribeño hablaba suavemente, con fatiga, con bondad.

Había  llegado en un ruano de gran alzada casi al mediodía, cuando el Norte es bajo, sólo al nivel de un hombre a caballo, y sopla con su máxima fuerza.

La dueña del rancho lo vio en el momento que abría sin desmontarse la única tranquera, que daba al Sur.  Salió a su encuentro en la limpiada. Él le había pedido algo de comer, y ahora estaban allí, inmóviles en el insoportable reverbero, el hombre un poco lejano todavía, alto y cansado en su ruano, y la vieja mujer como sin motivo, temerosa y enjuta, con el ruedo del vestido arrastrándose por la polvareda quemante, mientras el Norte se liaba y desenliaba en sus cuerpos y en la mata de los árboles bandeaba implacable la plantación canija y seguía royendo sin sosiego la tierra oscura.

– ¿De dónde viene? – la vieja encogió los ojos al mirarlo, como un gnomo astuto bajo el sol.

– De lejos – el brazo extendido del hombre se vinculó con un punto en las islerías azules  – De allá. Del Norte – el viento tallaba su lento rostro detenido entre el cielo y la tierra.

A la vieja le pareció entonces que él no era sino criatura del viento Norte resonante y lejano, traída en el viento asoleado para un destino cuyas secretas secuencias nadie (y él menos todavía) podría desbaratar.

Comenzó a pasarla el miedo, extrañamente.

– Puedo ir a ver si mis gallinas pusieron – dijo por último, y añadió como preguntando – puedo hacerle un estrellado.

– Y está lindo – contestó el hombre – Ya vale demasiado.

El ruano resopló largamente. Como si fuera una señal, el forastero desencogió las piernas y se puso cómodo sobre el apero, con una leve rotación de las caderas.  La mujer se dio cuenta de que ese exiguo movimiento era el primer respiro que el hombre se daba en mucho tiempo, el pequeño descanso verdadero en quién sabe cuántos días con sus noches de marcha alerta y desolada.

– Y llegue pues entonces, señor mío – en el lugar del miedo había compasión.

El hombre desensilló en silencio bajo un laurel canela como de ocho años.  Cuando sacó la jerga, del cuadrado húmedo y negro en el lomo del animal se evaporó el sudor en volutas verdosas. El olor penetrante mató al de la sombra limpia y al refrescante aroma de las hojas verdioscuras en tanto el arribeño ataba corto al ruano, con el cabestro, por el tronco todavía liso y delgado.

Luego se curvó con el peso de los arreos y se encaminó sin prisa hacia el rancho.  La vieja le esperaba casi bajo el solero: otra vez más se enfrentaron sus figuras sin sombra, siempre con el viento Norte llenándoles interminablemente la hueca de los oídos, levantando desde sus pies hasta el horizonte pilares de humo elemental.

– Es caliente el calor – dijo ella.

– Es caliente – confirmó el arribeño.

– Ponga allí sus calchas, señor mío, por el atraviesa – dijo la vieja.

Tendido en el catre de trama, el hombre pensaba. Su mirada erró por el declive del techo comido por los bichos, por las destruidas paredes francesas; por todas partes, el estaqueo desnudo marcaba los sitios donde el lodo rojizo se había desprendido; las manchas de luz encandilaban más que la del ventanuco y un polvo brilloso se agitaba, colmando la penumbra. Arrimada a la tapia, una mesa vencida, cubierta por una palla marrón de suciedad y de tiempo, soportaba un nicho de madera repleto de imágenes. Distinguió un crucifijo, la Virgen de Dolores, una estampa grande del Corazón de Jesús, Santa Librada y dos florerillos con flores de papel.  En el candelero de barro, frente al nicho, la vela se había acabado. Fuera del catre y una frazada raída, en el cuarto no había nada más. La vieja trajinaba en el cobertizo.  De pronto, oyó el chirrido de algo fritándose en la paila, y el tufillo acre de la grasa de vaca llegó hasta él.  El hombre cerró los ojos.

Al cabo de un momento la vieja lo llamó:

– Venga que, señor mío. Ya está toda la comida.

– Mejor que coma aquí – el arribeño se incorporó –. Norte está duro, y entra demasiado resol en el galpón.

– Y como le gusta nomás – dijo la vieja.

– Entonces él trajo de afuera un banco largo y angosto. Entró la mujer con lo que le había preparado, un champurreado de charque y huevos.  El hombre se sentó a horcajadas en el banco, colocó ante sí el plato enlozado y empezó.

La vieja se puso en la misma orilla de la cama y se soltó el rodete.

– Gran cosa es el hambre – dijo el hombre después de una pausa –.  Se me ocurre que estoy convirtiéndome en otro – aseguró.

La vieja iba poniendo con atención las horquillas en su regazo.

– Este charque no está bien hecho del todo – dijo –.  Ha de estar un poco pasado.

– A mí me gusta la carne azul – repuso él.

Tajaba la mandioca y los trozos grandes de cecina con su propio cuchillo, de hondo y acanalado acero de yatagán y mango de metal esmaltado.

– Cuando venía quise mariscar –  manifestó, removiendo con la punta de la cuchara un pedazo duro de yema. Al fin, agregó como disculpándose –: pero cuando se anda con apuro no se puede.

¿Le persiguen? La vieja se pasaba por las crenchas un peine fino de cuerno.

– Y además ya hacen dos días que mi recortado se descompuso completamente, y lo tiré – dijo el hombre para sí. Dejó de comer y le dijo, mirándole a los ojos –: Nunca podemos saber del todo lo que nos pasa.

Y siguió comiendo, agachado como un apacible animal, grande y hambriento.

La cuchara y el peine subían y bajaban, bajaban y subían, pausadamente pero sin tregua, con movimientos que parecieron concertados: el hombre empujó su plato vacío en el mismo instante en que la vieja empezaba a trenzarse de nuevo el pelo grisáceo.

Luego el hombre limpió cuidadosamente la hoja por los bordes del banco y envainó.  La vieja nota que guardaba el facón adelante, a la izquierda, y con la empuñadura hacia abajo.

– ¿Está satisfecho?

– De ley – el hombre se tocó la faja.

Todo el tiempo, la mujer lo estaba observando a su gusto. Tenía un buen porte; aun sentado era alto, grande y huesudo: su figura llenaba casi la pieza estrecha, y sin embargo tenía un aire lejano, como si siempre estuviera de paso, o como si jamás llegara del todo a ninguna parte.  Por lo demás, un cansancio tan viejo que ya era casi abstracto exaltaba sus pómulos y ardía en silencio por sus sienes, mientras la tranquila bondad habitaba su rostro tan naturalmente como su color moreno.

– Está lo bueno – el hombre pasó una pierna por encima del escaño, y quedó sentado frente mismo a la vieja, con las rodillas casi tocándose –.  ¿Cuánto te debo, madre?

– Nada – dijo la vieja.

– Oh – dijo el hombre, con suave sorpresa –. No ha de ser así.

– No, nada, señor mío – volvió a decir la vieja. Ya se había armado el rodete, y ahora lo sustentaba con las horquillas que recogía del regazo.

– Pero había de ser que – protestó el hombre –.  No es capaz, que tanto hayas trabajado y penado por mí de balde.

– Nada, ya le digo – porfió la vieja –. Demasiado zoncería.

– Entonces yo voy a darte alguna zoncerilla también – el hombre hurgó en su bolsiquera.

La vieja le tocó el brazo.  De golpe, su voz se volvió vacía.

– Mire, hijo. ¿Para qué quiero nada más, si anteanoche se llevaron todo lo poco que tenía?

– ¿Quiénes? – la mirada del hombre se puso grave.

– No sé -.  Llegaron en mitad de la noche, entre muchos, pero uno solo con linterna. Me amenazaron.

– Bárbaro – dijo el hombre –. ¿Pero es cierto?

– Sí, y me quedé en el catre temblando y tiritando de miedo, entretanto ellos se llevaron todo – la vieja miró un rincón desierto –. Mi baúl con mi ropilla, y después mi azada, y mi machete, y mi lámpara también. Y esa lámpara es lo que más siento.

– ¿Qué clase de lámpara?

– Una nueva, hermosa que acababa de comprar – los viejos ojos le relumbraron como al perdido fulgor –.  Con su bronce dorado – hubo un silencio –.  Y el pueblo está lejos de aquí y la vela es cara, y encima está escasa por ahora.

– Pero qué bandidos – dijo el hombre con voz impersonal –, bandidos.

– Pero la revolución ya terminó, ¿verdad?

– Hace un mes – dijo el hombre.

– ¿Y cómo entonces siguen perjudicando y jugando por los pobres?

– ¿Y ésos que vinieron, eran montoneros o las fuerzas?

– Yo no sé de Ésos. Pero malicio que fueron mis vecinos. De aquí media legua hacia el Este, detrás de la isla Yryvukehá, está el puesto de los Cuéllar, una gente mala sin segundo.  Y un poquito más allá anda el Agüistín Segovia, otro también.  Y después, ya más allá, en el mismo labio del monte, tiene su chacra Solano Chamorro, un arriero de laya fea en el mundo.  Se dice por ahí que yo tengo plata, y quién sabe si por eso.

El hombre se puso de pie.

–  Y bueno – dijo con  toda seriedad –, tengo que pagar lo que debo. Me voy a ver si consigo topar lo que te sacaron. Puede ser.

– ¿Dónde? – dijo la vieja.

– Voy a pegar una vuelta por ahí. Puede ser que preguntando, preguntando, por allí donde me dijiste, encuentre alguna cosa.

El hombre alto se movió.

– Y lo que quiere hacer, tiene que hacer – dijo la vieja –.  ¿Va a tomar tereré antes, verdad?

– No. Es bueno que vaya inmediatamente.

Hasta ese momento, habían conversado en guaraní. Ahora, desde la puerta, el hombre habló en castellano:

– He de conseguir tus cosas – su voz graveó sobre ella, solemne y como fatal –.  Lo que te quitaron.

La mujer no entendía español, pero asintió en silencio.

Ensilló rápidamente y montó enseguida. Ahora el Norte estaba más arriba, sobre los árboles.  La vieja metió en la grupa del lado de montar el tasajo y la mandioca que le había dispuesto para su matula.

El ruano cabeceó vivamente.  La vieja aseguró los tientos.

– Muchas gracias – dijo el arribeño.

La pesada y dura luz de la siesta recortó el rostro con su extraño aire ausente, su antigua fatiga, su bondad entera y morena.

La vieja rozaba la pierna izquierda del jinete. De repente, se le antojó inmenso el caballo y vertiginoso el hombre y retrocedió tres pasos, porque todo el cielo descolorido se achicaba para caer como un rayo sobre su misma cabeza. Entonces supo que él era omnipotente o mágico, y su garganta se anegó de gratitud.

– Hasta luego– dijo el hombre.  El ruano giró.

– Hasta luego – dijo la vieja.

Hacia un rato que había entrado el sol cuando volvió. Ya en el alto cielo, el viento Norte deshacía las ligeras nubes de octubre.

La dueña del rancho no le oyó llegar.

– La vieja – su llamado era profundo y despacio.

Ella asomó al galpón y lo vio en la pequeña explanada, solo jinete del crepúsculo, firme la mano que sostenía la rienda, en tanto la derecha cargaba un atado de ropa y una lámpara dorada.

– Me parece que estas son tus cosas.

La vieja se acercó. La mano descendió hasta las suyas.

El ruano dio un respingo.

– Cuidado el tubo – dijo el hombre.

– Eeh. Y es. Es mi lámpara. Y mi vestido colorado también. Y mi enagua. Más que muchas gracias solamente. Le agradezco tanto, señor mío.  Pero le agradezco tanto, cómo voy a decirle – la vieja plañía, como si su agradecimiento fuera una lamentación.

– Bueno, madre… bueno.

Con la última luz, ella pudo notarle todavía el aire transitorio y remoto, la fatiga sin tiempo y la bondad invulnerable.

Pero él volvió el torso, inclinándose hacia la grupa del lado del lazo. Después de un momento, con la cara oculta, dijo:

– Y éste creo que es el que te robó – el torso se enderezó, el brazo describió una parábola violenta, y delante de la vieja fue a caer una cabeza humana. Quedó de costado, con la mejilla izquierda pegada al suelo. Un solo ojo blanco, abierto, parecía mirar vagamente.

Del hoyo del cuello rebrotó la sangre, más negra que la tierra o la sombra, formando un cuajo a los pies de la mujer.

Un tirón ya invisible de las riendas y el jinete, al lento tranco de su montado, se dirigió hacia la tranquera, hacia el sur.

El ojo muerto resplandecía.

Entonces, la vieja principió a gritar.

Pero los gritos se elevaron sin respuesta para siempre, mientras al paso del ruano que ya era como zaino tapado, el arribeño se sumergía poco a poco en la noche creciente, como si los gritos y el hombre y su caballo no fueran más que viento norte o sueño.

Carlos Villagra Marsal

miércoles, 8 de febrero de 2017

LOS CASOS DE TÍO REY

- 20 -
ES PARTICULAR PERO TIENE GORRA

Yo mi amigo soy ignorante pero me doy cuenta que la civilización está lejos todavía de nosotros, aquí en el Paraguay. 

Hay cosas que se dicen totalmente fuera de lugar, y entre esas encuentro dos palabras muy mal usadas y que son: “particular” y “ciudadano”.

Para el militar un particular no es absolutamente nadie. Es la última escoria. Y eso qué sentido tiene. Acaso todos no salimos como particulares del vientre de nuestras madres. O acaso hay alguien que nació ya militar. ¡No pues, mi amigo! Pero ellos se hacen de los grandes y descalifican a la gente. Yo no sé por qué. A vuelta y media se les escucha decir: ¿qué puede reclamar ese particular?; el particular no tiene ningún derecho. 

La misma cosa ocurre cuando uno llega a la comisaría policial y le escucha al comisario decir: “este ciudadano”.  Allí uno ya debe entender que está diciendo: “este bandido”; porque para ellos el ciudadano es bandido y el particular un miserable que no sirve para nada. 

Pero vaya a ver esto, mi amigo, a qué punto ha llegado a degradarse al ciudadano particular; al dueño de casa.  Porque en un país, como entiendo yo, el verdadero dueño de casa es el ciudadano civil.  En nombre de ese se dicta la ley y se realizan todos los actos de gobierno.  Para el servicio de esa comunidad civil se pone el Ejército y la Policía.  Y ese dueño de casa es el patrón. Es el que debe pagar por todos los servicios y a ese efecto se establecen los impuestos.

Pero aquí en nuestro país no se entiende así. Aquí los servidores del Estado o mandatarios se hacen de los grandes y se ponen a mandar ellos, en vez de servir. Yo no sé si la gorra es lo que les hace perder la cabeza o qué cosa. 

Pero mi amigo porque sé muy bien te digo: estos que llevan gorra son muy altaneros, no tienen ningún respeto por quien les da de comer. Te miran luego como desde la cumbre de un cerro y eso uno se pregunta por qué. 

Estas son las cosas que a mí no me quedan claras.  Las cosas que quiero que analicen y me expliquen los entendidos, los ilustrados; porque mi amigo estas son cosas muy particulares pero que tienen gorra en nuestro país.

LOS CASOS DE TÍO REY

- 18 -
EL VETERANO YA NO DEBE MILITAR EN POLÍTICA

Yo digo mi amigo que muchos de mis camaradas están equivocados. Si uno piensa bien va encontrar que no es correcto que el veterano de guerra se meta en política.  Esos tiempos para nosotros ya han pasado. Nosotros ya hemos terminado de hacer nuestra política. Y los que ahora se meten, se ensucian de balde.  Nosotros ya estamos por encima de todos los partidos.  Para nosotros solo ya la tricolor es nuestra bandera. Nosotros, mi amigo, como dicen los entendidos ya somos reliquia de la patria. 

Pero son muchos los camaradas que no entienden así y andan ladrando detrás de los políticos, rebajándose, haciendo que la gente se ría de ellos.  Qué necesidad tenemos nosotros de andar cepillando a nadie.  Quiénes pueden tener más méritos que nosotros. Ahora mismo no existe. Porque quienes fueron nuestros jefes en el Chaco ya murieron todos. Y aún cuando vivieren ellos no iban a necesitar de la cepillada; y eso por qué; porque tenían méritos suficientes que nadie podía negar.  Pero también está esto – como dice el arriero que de repente se acuerda de su botella de caña – solo el que no tiene mérito necesita de la adulonería, porque el que tiene no te deja luego que le cepilles.  Esa clase de hombre no quiere ver que un semejante se rebaje ante ellos.  Son hombres delicados en ese sentido, y que un político por ejemplo que venga a cepillarte es ¡vuela vuela! mi amigo. Más engaño que eso no existe, eso todos sabemos.  Por lo tanto, solo los hombres sin delicadeza aceptan esas cosas. 

Por eso digo yo, la adulonería le rebaja no más luego al hombre, sea al que realiza, sea al que recibe. A los dos le rebaja. Y en la política hay mucho de eso. Yo no sé si necesariamente tiene que ser así o solo ahora se puso de moda.  

Por eso mi amigo, los camaradas nuestros que ahora se meten en política o no salen de ella, ellos mismos buscan rebajarse, y no ha de ser por necesidad sino por vicio.  Los vicios pues son muchos, verdad. No es solamente la caña. Y bueno, también es vicio acostumbrase al ladrido de los perros.  Hay quienes quieren ladran y hay quienes quieren escuchar eso. 

Todo puede estar bien mi amigo, pero que nosotros los veteranos de guerra entremos al juego político, yo no encuentro bien.  

Por eso hace mucho que no voy a las asambleas, ni si me dicen que se va a comer carne gorda.  Y no porque niegue mi partido ni porque me haga el enojado con él, y tampoco porque tengo miedo.  Aquí tengo mi pañuelo al cuello mi amigo pero me doy mi lugar a mí mismo.  De modo que cuando haya necesidad pueda hacer escuchar mi voz a colorados y liberales, y a todos los paraguayos, como veterano de guerra, porque nosotros representamos a la unidad nacional.

LOS CASOS DE TÍO REY

- 16 -
DE CUANDO VESTÍ EL UNIFORME VERDE OLIVO

Antes, cuando el coronel Chávez estaba de jefe en La Voz, me regaló un uniforme verde olivo nuevito.  Me vestí con ese traje para un viaje y me fui con cierto aire de orgullo.  En un punto de la ruta pararon el colectivo en que viajaba y se subieron un sargento con dos soldados a pedir documento a todos los pasajeros.  Yo saqué mi carné de veterano de guerra y le pasé.  Agarró, revisó detalladamente, y dirigiéndose a mí, dijo:

— ¿Tiene usted otro documento don?
— Pero qué más documento quiere usted, amigo— le dije.  Para mí no existe otro documento más valioso que el carné de un veterano de guerra.  ¿Usted dónde recibe las instrucciones militares, mi amigo? 
— Está bien, pero usted viste uniforme militar, y eso está prohibido a los particulares. Para eso se tiene que tener documento militar — me dijo. 

— ¿Y quién puede ser mejor militar que yo mi amigo en todo el Paraguay? — le dije y continué:

— Tengo dos años de servicio militar en los cuarteles y después, durante tres años, arrastré mi cuerpo por las tierras del Chaco, y lo tengo documentado mi amigo, no le estoy mintiendo. Y no fui expulsado del Ejército, solo me pasaron al estado de reserva. Eso significa que se me dio un amplio permiso para ir a mi pueblo a casarme, a tener hijos y trabajar, mientras no haya guerra.  Pero si volvemos a tener guerra me tienen que llamar de nuevo.  Yo, mi amigo, no soy particular. Eso usted debe saber.  Desde luego que pocos son los particulares en nuestro país. Nosotros, los que somos ignorantes somos soldados con permiso, y los que son ilustrados son oficiales con permiso.  Todos estamos ligados al Ejército y al final nuestro país no es sino un gran cuartel. Por esta situación precisamente todavía no nos podemos dar entre nosotros el trato de ciudadano. Por lo visto todavía no dejamos de mamar.  Por eso, mi amigo, tengo derecho a vestir el uniforme militar y es posible que tenga más derechos que usted, porque el servicio que yo tengo prestado usted no va a tener porque es demasiado joven todavía y no debe usted ofenderme, mi amigo, porque gracias a mí y a mis camaradas usted también tiene el honor de vestir el verde olivo y no estar vistiendo la chaquetilla amarilla de los bolivianos.  Somos nosotros, mi amigo, los que le dimos la gloria al verde olivo y no ustedes los de ahora.  Por ahora ustedes están todos engordados porque no hacen otra cosa que comer y desfilar.  Nosotros, el único desfile que hemos hecho fue el del 22 de agosto del año 35, encabezado por el general Estigarribia y con el Dr. Eusebio Ayala en el palco.  Esa clase de orgullo, mi amigo, tendrán que tener mucha suerte ustedes para alcanzar.  Ojalá, mi amigo. 

— No hay que hablar de esa forma muy altanera, don — me dijo. 

— Voy a tener que hablar únicamente de esta forma mi amigo, porque la verdad es siempre grande — le dije de nuevo. Y nosotros los veteranos del Chaco no tenemos por qué arrugarnos delante de nadie. Yo no fui a su oficina a molestarlo a usted; y usted por qué viene mi amigo a molestar a la gente aquí en el camino. Nosotros estamos de viaje. Es como si estuviéramos en nuestro trabajo. ¿Por qué no se organizan y controlan la documentación en cada pueblo y en cada compañía? ¿Qué les cuesta tanto si son muchos y tienen buenos sueldos? Nosotros defendimos el Chaco como soldados sin tener sueldo.  Allí no había soldados que esperaban el fin de mes ni la entrada del sol.  Ni el oficial recibía su sueldo porque qué iban hacer con el dinero por esos montes.  Allí, compañero, solo uno tenía que agradecer a Dios por haber amanecido con vida cada día. Mientras en estos tiempos de paz ustedes tienen todas las facilidades.  Solo por incapaces esto les manda hacer a ustedes sus jefes.  Parecen unos asaltantes, se ponen a detener colectivos en la ruta. Tienen que respetarse un poco más si quieren que nuestro Ejército conserve su prestigio — le dije. 

Con la cara toda demudada el menudo sargento se dio la vuelta y se bajó, mientras los pasajeros en fila se acercaron a felicitarme dándome apretones de mano.  Después me enteré que muchos de los pasajeros no tenían documento y se libraron de una buena. 

LOS CASOS DE TÍO REY

- 14 -
EL POBRE NO TIENE PARTIDO
(Al Dr. Francisco Bazán, hombre entero)

— ¿Por qué sos tan fanático don Rey? — me preguntó un doctor en Asunción.

La gente pues cree que porque uno es fanático en política lleva puesto su color. Muchos señores de la ciudad no entienden porque nos gustan los colores a nosotros los campesinos. Y éste es uno de ellos.  Yo le contesté:

— Yo, mi amigo, no soy fanático; soy liberal pero hasta ahí nomás, eso sí.  Por qué he de ser fanático, puesto que soy un humilde campesino ignorante y analfabeto.  Qué voy a sacar del fanatismo. Me gusta el color azul. Eso no puedo negar. Pero de la política no sé nada. La política no es un juego que puedan jugar los pobres.  Esa es, mi amigo, una herramienta de ustedes, los señores ilustrados.  Ustedes son los que juegan a la política en la cual se ganan y se pierden.  Nosotros los pobres campesinos solo por zonzos entramos a la política activa, porque ningún partido es de provecho para nosotros. Por eso dicen los muchachos: “trabajar en política y montar un caballo en pelo solo sirven para pelarte el trasero”. Y eso es verdad como yo encuentro, porque esos militantes políticos solo siembran enemistades a su alrededor.

Acaso, mi amigo, podemos saber nosotros algo de la política.  Los señores en Asunción hacen lo que quieren con los partidos.  Llevan hacia donde quieren llevar, dividen, despedazan, lo convierten en albóndiga, y ahora creo que ya se convirtió en vorí vorí mi Partido Liberal. Y nosotros los campesinos no sabemos nada.  No sabemos cómo se manejan los partidos, ni para qué sirven.  A veces nos tomamos a cuchilladas, de puro borrachos, en alguna fiesta, y la gente dice que nos matamos por causa de la política.  Y eso no es cierto; esas riñas no son por causa de la política, ni de los partidos, ni por los zoquetes.  Esas muertes ocurren en la lucha por el color, mi amigo. 

Por eso digo yo: El pobre no tiene partido. Apenas tiene color. Hasta el color llega. 

Yo por ejemplo, si mi partido llegara al poder, igual tengo que deslomarme en mi chacra carpiendo.  Ningún correligionario va a venir a carpirme la chacra.  Tampoco voy a ir a mandar en algún lugar, porque no leo, soy analfabeto. El analfabeto pues no puede ingresar a ningún cargo público, ni si tiene doble partido; ni si deja uno y se convierte al otro.  Yo no encuentro la ventaja que pueda traer la política a los pobres. 

Cuántos colorados hay ahora que no tienen qué comer, después de estar en el poder su partido durante cuarenta años, pero apenas uno le toca y ya se alza porque dicen que su partido manda.  Andan majadeando, hinchando a la gente y al día siguiente amanece en la puerta del vecino implorando un mate de yerba. 

Los dirigentes, mi amigo, usan, y usan mal al pobre; le fanatizan de balde por la política. Ya ellos se acomodarán entre todos y el que sabemos quedará igual que antes, sin tierra, sin chacra, sin comida, hambreando, mordiendo necesidades, con los hijos todos enfermos y los mayores yéndose a otros países. 

Estás equivocado mi querido doctor si crees que soy un político fanático.  Solo porque no me conocés podés creer eso.  Yo, mi amigo, soy democrático, y solo pido que se haga justicia.  Eso es lo que me lleva a veces a chocar con las autoridades.  No es por prepotente ni altanero cuando les digo que dejen de hacer sentir el rigor en las espaldas de la gente pobre.  Les digo porque oprimir al pobre y castigar al preso no significa ninguna hazaña para nadie.

Y te voy a repetir mi amigo: soy muy liberal, pero no soy fanático.  Le aprecio a mi semejante cuando es buen colorado y se comporta decentemente y suelo compartir con esa clase de gente un cuarto de buena caña o le pido al músico que le toque su polca; porque para nosotros los pobres ignorantes, señor doctor, esos actos significan la libertad. Queremos llevar puesto el color que amamos sin ofender a nadie; queremos escuchar la polca de nuestro partido, sea 18 o Colorado; y queremos invitarnos con un cuarto de buena caña cuando nos encontramos. 

Si esas cosas nos dejan hacer y si por eso nadie se ofende ni nos ofende, es cuando nosotros sentimos que estamos gozando de la libertad en nuestro país. 

Yo mi amigo era joven en los tiempos en que mandaba el Partido Liberal — y disculpame mi querido doctor porque no es que quiera hacer propaganda — pero en aquel tiempo mucho bailé la polca Colorado. 

Tan poca cosa, mi amigo, necesita el pobre para sentirse en libertad, pero muchas veces no se les da ni esas zonceras, y eso sí es lamentable. 

LOS CASOS DE TÍO REY

- 12 -
AGRICULTOR Y ARIKUTI
Al Dr. Ramón Fogel, por su promoción del agro 

Existen muchas cosas que tienen nombres equivocados en nuestro país.  Por ejemplo: cuando al campesino le preguntás cuál es su profesión, sin falta te va a contestar: agricultor.  Muchos campesinos que no tienen chacra dicen de sí que son agricultores.  Pero yo digo de esos que más bien son “arikuti” porque como el akuti recorren el monte en busca de alimentos, se rebuscan en los arroyos o en la vecindad. 

Por ahora yo veo que en el campo hay gente verdaderamente pobre.  Antes todos en realidad éramos pobres pero todos teníamos cosas que comer, y no pasábamos hambre. En aquellos tiempos se cultivaban los productos de consumo, se criaban gallinas, cerdos; la gente tenía ovejas, cabras, caballos y vacas.
Antes el campesino producía carne, leche, queso, grasa, miel, yerba; y su chacra estaba llena de productos comestibles. Si algo le faltaba simplemente hacía trueque con el vecino. 

En aquellos tiempos el campesino comía de su chacra y ahora come del almacén. Los agricultores se volvieron todos galleteros porque ya no tienen mandioca. La gente verdaderamente está enloquecida por el algodón, el tabaco y la soja.  Cultivan ya solamente productos para la venta.  Solo quieren ver dinero y eso, mi amigo, es un engaño enorme.

Esos prójimos se endeudan hasta lo imposible y apenas recogen sus escasos productos llevan a vender completamente y se quedan sin nada.  A uno le da lástima, mi amigo, esta situación, especialmente cuando se piensa en los niños.  Verdaderamente es poderosa la propaganda, la radio. Llegan a dominar por completo la mente a nuestra gente.  Cuando la radio dice que el algodón va a tener buen precio ya no se consigue otra cosa con los campesinos, porque allí hablan los supuestos entendidos, los ministros y compañía. Y a esos personajes cómo le puede enfrentar un ignorante.  Es imposible, mi amigo. 

Fuera de todo eso están también los llamados promotores, esos que hacen la liga para tal o cual cosa.  Esos se presentan como supuestos técnicos.  Yo la vez pasada tuve un fuerte choque con uno de esos.  Se fue a mi valle a realizar una reunión y empezó a engañar a la gente.  Según él, los cultivadores del algodón se van a volver todos ricos en poco tiempo.

Le pedí la palabra y le dije muchas cosas.  Le conté quién es aquí en Juty el espíritu protector del algodón (el mandiju jarýi). Ese es mi compadre Justo Leiva, le dije.  Él es el que aquí plantaba algodón desde antaño, todos los años, antes que ninguno otro conociera los secretos del cultivo de algodón. Y hasta ahora es pobre, mi amigo, le dije. 

Y se enojó mucho el técnico conmigo.

— Seguro que sos liberal don. Por eso no querés que nuestro país progrese — me dijo. 

— En realidad soy liberal, mi amigo, y no es que no quiera que el Paraguay progrese — le dije. 
— Pero antes que nuestro país, quiero que progresen nuestros compatriotas campesinos; el que produce el algodón y todas las riquezas.  Para mí, la patria está en esas personas, mientras para vos está allí donde están el acopiador y sus patrones; y es allí donde tenemos nuestras diferencias — le dije, y salí de la reunión. 
Salí porque me di cuenta que a los muchachos le gustaba más la carnada de él. Y en ese caso pues no hay nada que hacer; no hay más remedio que dejarlos que se golpeen la cabeza.  Lo único lamentable en esos casos mi amigo que los niños inocentes paguen la culpa y la torpeza de sus padres. 

Desde entonces nunca más fui a la reunión de los técnicos.  Ah no… me estoy olvidando. Hace poco me volví a ir a una. Me fui porque me hicieron buscar de propósito.  Por fin pues vino un joven técnico que tenía buen juicio. Ese vino a promover un modelo de producción que él denominaba la granja orgánica. Quería que todos intentáramos tener una granja orgánica.  Le dejé explicar completamente todo lo que significaba eso, y terminó diciendo:

— Esta clase de empresa sólo existen en países extranjeros. Aquí nosotros no tenemos todavía. Pero de a poco podemos alcanzar a tener —. 

En ese momento ya no me aguanté el cosquilleo de querer hablar, y le pedí la palabra para decirle:

— Amigo, es verdad lo que decís; en este mismo momento no tenemos la granja orgánica en el Paraguay porque acabamos de perderla.  Pero antes de ahora nuestros abuelos tenían solamente granja orgánica. Lo único nuevo es su nombre.  Aquí en el Paraguay se conoce de sobra la granja orgánica. Y cuando volvamos a tener verdaderos agricultores, vamos a volver a tener esa granja; pero para eso tenemos que volver a convertir en agricultores a los arikuti.  Y eso lo que va a ser difícil porque el deseo de tener dinero es muy fuerte, hay mucho engaño dulce, es fuerte la propaganda y nuestro pueblo es ignorante, aparte de hacerse el estúpido y dejarse usar por los demás, le dije.

Tenías que ver como celebró aquel joven mis palabras y cuántas cosas más me preguntó encima. Me convertí yo también en técnico.  De repente y sin proponerme.  Allí les conté a todos los presentes cómo armaba el paraguayo su granja orgánica nativa y cómo la manejaba. Al final me preguntó cuál es la verdadera diferencia entre el agricultor y el que yo llamo arikuti. Allí le dije:

— Eso mi amigo es muy sencillo.  El agricultor trabaja para dar de comer a su familia y el arikuti para engordar a los gusanos. 

LOS CASOS DE TÍO REY

- 10 -
DICEN QUE ME DEDICO AL NEGOCIO DE LA PICA-PICA

El arriero paraguayo es un zafado debocado. Escuchá lo que dice de mí un sobrino mío allá en Jakura’a: que me dedico a comprar pica-pica para traer a Asunción.

Últimamente pues recorren las campiñas de Yuty los compradores de caballos viejos. Compran esos caballos que ya no sirven para nada, viejos y flacos, forman una tropilla y llevan; la gente dice que traen a Asunción a vender a las fábricas de picadillos. Por eso es que le llaman los muchachos pica-pica. Por lo visto ya se come la carne de caballo en las ciudades de nuestro país. ¡Vaya uno a ver, que mal anda el mundo! Como dice don Telesforo, cuando no está vendiendo nada en su almacén. 
Te voy a contar lo que me ocurrió hace poco. Días pasados vino llegando a mi casa un señor desconocido, un arribeño, llegó y me preguntó: 

— ¿Es usted el señor Cabrera?

— Sí señor, soy yo Raimundo Cabrera. Estoy a su orden mi amigo. ¿Qué se le ofrece? — le dije. 

— Y estoy viniendo junto a usted don… Me dieron la noticia de que usted compra pica-pica y lleva a Asunción. Y yo pues me dedico también a ese negocio, pero yo solo llevo hasta San Juan Nepomuceno donde tengo mi comprador; y se me hace don que podemos conversar, entendernos y trabajar juntos. 

— Le dieron mal la noticia, amigo — le dije — porque yo no me dedico a ese negocio. 

— Pero usted es el Sr. Cabrera, ¿verdad?

— Yo soy, mi amigo; pero no me dedico pues a eso. Si yo hago ese trabajo no le voy a negar, amigo.  ¿Quién fue el que le dijo que yo hago eso?

— Y el vecino de allí, el señor Cielo Civil, me comentó y me hizo la liga para que venga a hablar con usted. No es para ninguna cosa mala señor. Solo que se me ocurre que si trabajamos en sociedad podemos ganar más los dos.  Yo soy ciertamente un arribeño por aquí, pero ese señor me conoce bien; soy su cliente; compro mucho en su almacén y nunca le he engañado ni un céntimo.  Le digo esto para que no tenga usted demasiado recelo de mí.

— No es porque tenga recelo, mi amigo — le dije. — Pero ahora caigo en la huella.  El Sr. Civil, que es mi sobrino político, Y normalmente gasta conmigo bromas pesadas; y en este caso está haciendo de nuevo eso.  Le está usando a usted para hacerme bromas y reírse a mi costilla. No se enoje con él, mi amigo, porque también es su amigo.  Ya escuché por allí que anda diciendo de mí que me dedico a ese trabajo, y dice eso porque siempre estoy llevando a Asunción a mis sobrinas y otras amigas para trabajar allá en faenas domésticas.  A veces dos o tres solteronas de piel curtida, van conmigo a Asunción.  Allá yo tengo grandes señores que son mis amigos y sus esposas me piden personas de confianza para sus empleadas, y yo les hago el favor de llevar. Pero mi sobrino malhablado dice que yo les cobro el “peaje” a esas mujeres.   Es posible que entre ellas se haya ido alguna amiga íntima y secreta de él, porque de otro modo no entiendo por qué anda ocupándose de mí. Esto y solamente esto es lo que ocurre mi amigo. Esas mujeres son supuestamente las pica-pica que yo llevo a Asunción.

Se quedó el pobre señor con tres cuartas de narices; no sabía que decir.  Se disculpó una y otra vez, y esta es la forma que tienen los arrieros malhablados para divertirse.