Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

martes, 13 de octubre de 2009

Presentación de la reedición faximilar del libro: ÑANDE YPYKUÉRA, de don Narciso R. Colmán

Esta mañana, firmando sentencias y otras resoluciones en mi carácter de Juez, y ya preocupado por este acto en medio del trajín tribunalicio, me decía: “y pensar que esta noche debo presentar el libro mayor de mi doble colega, Don Narciso R. Colman (Rosicran), un hombre con quien comparto tanto la función de administrar justicia como la afición por el cultivo de la lengua guaraní”. Comparto también con él la decisión de producir literatura de ficción exclusivamente en lengua guaraní, pudiendo haberlo hecho también en castellano. Estas curiosas coincidencias me llevaron a pensar en la vocación unívoca y tempranera de don Colman, el cual, en tiempos primigenios de la reivindicación de la lengua materna del Paraguay, ha optado definitivamente por escribir sus versos exclusivamente en lengua guaraní y no en la otra que usaba con absoluta eficiencia y corrección en la administración de la justicia. Pocos abogados recién graduados han de jactarse hoy de usar tan bien la lengua castellana como el entonces Señor Juez de Paz de San Bernardino. Sin embargo, tratándose de literatura, aquel colega sólo conocía el guaraní.

Colman está citado como uno de los cuatro hombres prominentes que se dedicaron a reivindicar el idioma guaraní después de la guerra del 70. Integra dicho cuatrinomio con el sabio suizo/paraguayo Moisés S. Bertoni, el polígrafo guaireño J. Natalicio González y nuestro gran poeta Manuel Ortiz Guerrero. Son ellos los primeros paraguayos que reivindicaron la lengua y la cultura guaraní así como también la persona del indígena paraguayo y sus derechos humanos. Nuestro querido escritor y maestro Rubén Bareiro Saguier les dedicó una monografía titulada:
“La generación nacionalista/indigenista”. No caben dudas que el eje del cuarteto fue el sabio Bertoni con sus libros que informaban de la portentosa sabiduría científica acumulada por los guaraní en todos los aspectos, pero especialmente en el ámbito de la botánica, de la medicina, de la política y de la filosofía, todas ellas registradas en su lengua.

Por su parte Ortiz Guerrero enfrentó a la poderosa iglesia católica afirmando enfáticamente y por primera vez que:
“la silvestre mujer / que la selva es su hogar / también sabe querer / también sabe soñar”, lo que significa que aquella “india” era persona humana y por tanto tenía un alma digna de ser preservada y cultivada. Una actitud como ésta, hoy ya no significa nada, pero significaba mucho en aquellos tiempos en que los paraguayos cultivaban el bárbaro deporte de salir a cazar indígenas, porque la iglesia católica afirmaba que eran igual que animales silvestres porque no tenían alma.

Por su parte
J. Natalicio González, exasperado por la posición teológica, humanísticamente inconsecuente de la iglesia católica, anunció públicamente su abdicación del cristianismo, afirmando en un poema: “Pálido Cristo yo no soy cristiano. El gran Tupä en nuestro cielo mora. Le adjudicaron tu nombre pero en vano. Mi pueblo tu triste culto ignora, y concluye a renglón seguido que el cristianismo llevaba veinte siglos de fracasos en materia de respeto a la dignidad de la persona humana.

Entiendo que ni las diatribas de González ni los descubrimientos de Bertoni fueron tan útiles para la reivindicación de la lengua y la cultura guaraní como los humildes versos dedicados a la india por el poeta ñanandy, porque este pueblo se mueve más por la emoción que por la razón o la ciencia; tampoco le mueve el reproche radical ni el odio.

Y justamente en esa misma vía se ubica nuestro hombre de esta noche, tratando junto con Ortiz Guerrero, de crear conciencia a través del afecto, de la simpatía y del amor a la lengua; tratando de sustraer de las honduras de la conciencia paraguaya aquello que le es propio, íntimo y esencial: la lengua, que le hace sentir persona humana en toda su dimensión. La opción hecha por Colman es admirable. No cedió a las tentaciones del alago fácil, del renombre, de los premios literarios y de todos los honores que podría haber acumulado dándose a conocer como poeta en lengua castellana. Él prefirió confinarse y hacerse mediterráneo empuñando su lengua, y lo hizo con la muy clara conciencia de que estaba esgrimiendo la insustituible lengua de su pueblo. Tras esa decisión salieron a la luz a través de precarias imprentas locales:
“Okára Poty”, primer tomo; “Okára Poty”, segundo tomo; “Mil refranes guaraníes”, “Ñe’ënga Rory”, Ñe’ënga Rovy” y finalmente “Ñande Ypykuéra”.

Está registrado, porque ha sido revelado por el mismo autor, que el poema etnogenético y mitológico
Ñande Ypykuéra ha sido escrito a instancias del gran poeta Eloy Fariña Núñez, aquel formidable vate que celebrara el primer centenario de nuestra independencia con su inimitable “Canto Secular” de tan alto valor; y pareciera mentira pero Colman, al aceptar el desafío de escribir el gigantesco poema, dedicó su libro a las generaciones de paraguayos que vivirán después del segundo centenario; lo hizo anunciando que recién por aquella época el paraguayo empezaría a valorar su propia cultura. Extraña y visionaria predicción, porque hoy, a dos años del segundo centenario, seguimos tan enajenados por el colonialismo cultural que no soy capaz de avizorar que pueda venir un despertar después del segundo centenario, pero lo dijo el poeta y por tanto es muy posible que se cumpla.

El libro que hoy presentamos: la reedición faximilar de Ñande Ypykuéra, mediante el generoso mecenazgo del señor Juan Peter Miranda, su compueblano, junto con sus familiares y amigos entre quienes se encuentra la Escribana Imelda Fleitas de Céspedes, constituye un gran aporte a la bibliografía nacional, porque pone al alcance de las nuevas generaciones una obra agotada y de extraordinario valor literario. Este libro ha causado en su tiempo todo un revuelo intelectual, aunque más en América que en el Paraguay. Su autor fue recibido con honores en el Congreso Internacional de Americanistas celebrado en Río de Janeiro en octubre y noviembre de 1922 y ensalzado por los intelectuales de mayor renombre de la época. Es un libro que obligó a los americanos a reconocerse como tal, a mirarse en el espejo, a descubrir su propia raíz cultural y su identidad individual y social. Pero así como llovieron los elogios también fueron hechas algunas críticas no muy constructivas. No faltaron autores que señalaron la ausencia de rigor científico en la obra de Rosicrán pues, por algún error, aquellos conocedores de la mitología guaraní creyeron que la obra de Rosicrán tenía el carácter científico de un relevamiento de la mitología auténtica. Precisamente por aquel tiempo también fue publicada en su original, en lengua alemana, la obra de
Kurt Nimuendaju Unkel: Cosmogonía de los guaraní-apapokúva del Brasil, una de las primeras obras etnográficas que dieron cuenta de la mitología guaraní verdadera. Estos críticos sostienen que, siendo Rosicrán amigo de Bertoni, no podía desconocer aquella cosmogonía revelada por Nimuendaju; sin embargo, no se tomó la molestia de ir a los montes del Guairá a recoger la mitología de boca de los propios indígenas, trabajo realizado más adelante por Leon Cadogan. Pero entiendo en primer lugar que eso es pedir mucho, por una parte, y peras al olmo por otra parte, porque Rosicrán no era etnógrafo ni antropólogo; era un poeta y eso debe entenderse. Por tanto Ñande Ypykuéra es al mismo tiempo una obra poética en cuanto a la forma y literatura de ficción en cuanto a la historia narrada. Pero la cuestión no acaba allí porque no se trata en nuestro caso de conocer ni dar a conocer la cosmogonía de los indígenas vivientes, como serían los apapokúva, los mbya, los paï, etc. Lo que muchos no pueden entender es que Rosicrán trató de reconstruir la cosmogonía de los Karió-guaraní; es decir, de aquellos indígenas asuncenos ya desaparecidos como etnia y con presencia cultural en el mestizaje. En efecto, la cosmogonía de este pueblo precisamente no fue recogida. Hoy sabemos que los mitos de Póra y el Pombéro no son de los guaraní; que Jasyjatere y Luison no son conocidos por los guaraní que hoy sobreviven, los cuales tampoco conocen a Moñái a Mbói tu’ï ni a Kurupi. En cuanto a Malavisión es demasiado evidente que es de creación paraguaya y no guaraní. Puedo afirmar ante ustedes que tengo el privilegio de conocer no sólo la cosmogonía Mbya recogida por Cadogan ni la Apapokúva recogida por Nimuendaju, sino mucho mejor que ambas conozco la cosmogonía de los Paï tavyterä del Amambay. He tenido la suerte de ser introducido a ese mundo por el Gral. Marcial Samaniego, por Gregorio Gómez Centurión, Luis Medina y otros paraguayos, y he compartido largas jornadas con los Tekoaruvicha Paï, Evangelí Morilla, Pa’i Kóme, Apykarendy Santiago Mendoza y Rafael Valiente. Gracias a ellos conozco al dios supremo de los Paï Ñane ramói jusu papa y la trilogía de los dioses creados y no engendrados que éste forma con Paparéi y Pa’iréi. Ellos conforman la cúspide de la pirámide del panteón paï, con todos sus demás dioses engendrados, sus ángeles y arcángeles y sus héroes culturales. Conozco los nombres de sus 21 módulos celestiales en donde moran las almas desencarnadas y sus 7 obstáculos o Mba’emeguä, que dificultan la llegada del alma a su patria primigenia; esta es, según sus creencias, uno de los 21 cielos de la cosmogonía de los paï. Conozco también las grandes diferencias teológicas que sostienen las parcialidades guaraníticas en la interpretación de la oratura sagrada, pero desgraciadamente no conozco nada de la cosmogonía de los Kario-guaraní más de lo que ha recogido Rosicrán. Debemos entender de una vez por todas que la obra de Rosicrán es un ensayo poético. Ensayo porque contiene un principio de investigación y de recopilación de esa cosmogonía, y poético porque él no ha querido darle el rigor científico a su obra, tal vez porque le faltava demasiados elementos; entonces prefirió completar la perdida cosmogonía karió con su imaginación poética. Es evidente en su obra algunos elementos que no son propiamente guaraní sino paraguayos. Por ejemplo el caso de Luisón, mito que comparte las poblaciones hispano guaraníes y guaraní lusitanas del Río de la Plata. Este hombre lobo nada tiene que ver con la cultura guaraní, pero es posible que Jasy jatere sí lo tenga. Es posible que antes que paraguayo Jasyjatere sea kario guaraní, pues de lo único de lo que estoy seguro es que a este personaje mitológico no lo conocen las demás parcialidades guaraní del presente. Por todo ello la obra de Rosicrán es encomiable y cada día que pasa va adquiriendo mayor valor. Lo lamentable es que no tenga continuadores. Nadie después de él se ocupó de la cosmogonía ni de la mitología de los karió ni de la de los paraguayos, que somos los herederos culturales de aquella parcialidad inserta en nuestra sangre.

Ha néi. Ipochýne chendive che ryke’yvusu Narsiso R. Colman ndaityvyrói ramo ava ñe’ë ko hembiapopyre oñemboajehápe. Ajevérö niko aipyaháta mbykymi, hendupyrämi, hérape ha hayhupápe. Javy’aite ko pyhare oñondivekuéra. Jaguerovy’a karai Narciso rembihaikue. Ñañomomandu’a ijepytasóre ñane ñe’ë rayhupápe. Ñamomba’eguasu hembikuaa, hemiandu, hembiapo. Ñambyaje arandu ha’e orekova’ekue. Ha’e voi he’iva’ekue ñandéve arandu he’iseha “ára andu”, “el que oye la voz del tiempo y del cielo”. Ha péina ápe jahecha mba’éichapa ko’ë reíre okakuaa ha tuicha tuichave ohóvo hembiapokue. Ñandéve ofalta peteï mba’e añoite: jahapykueresegi ko tapichápe, jaguata hapekuére, ñamongakuaave hembiapokue. Mba’eveterä ndovaléi ñambotuicha rei umi hembiapokue ha nañambojoapýi, nañamongakuaái ñane remibiapo rupive upe imoñepyrümbyre. Jahayhúramo karai Colmánpe ñañeha’äva’erä ñaha’ä chupe, jajapo hendive hembiapo. Upéicha ramo añoite ha’e oiko pukuvéta ñande apytépe. Aguyje pecherendumíre. Aguyje.

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