Aprobación del Pabellón y Escudo Nacional en el Tercer Congreso reunido en el templo de la Encarnación el 25 de noviembre de 1842, bajo la presidencia de don Carlos Antonio López.
Óleo sobre lienzo de Guillermo Ketterer pintado en 1957.

sábado, 22 de octubre de 2016

El abigeato y la justicia penal

Por Tadeo Zarratea


Ocurrió en Aregua hace unos años. Un vecino del barrio Ita’o llamó una noche al 911 informando que cerca de su casa, en un baldío, se estaba faenando un animal aparentemente vacuno y que dada la hora y el lugar era un acto sospechoso. Transmitida la denuncia, el Comisario local ordenó que los sub-oficiales Torres y Esteche que se hallaban custodiando la casa-quinta de un magnate criollo, a orillas del lago Ypakarai, vengan de inmediato a intervenir el caso.

Los agentes ubicaron el sitio pero lo encontraron cubierto de malezas y en total oscuridad. Iluminaron un sendero con los faros de la camioneta policial con motor en marcha y ambos hombres  ingresaron al baldío. Allí encontraron a dos hombres faenando una vaca overa a la luz de sus linternas. Intimados a dar explicaciones, las dieron; pero requeridos por los documentos: título del animal y permiso de faenamiento, alegaron no tener allí sino en su casa. En tal circunstancia el sub-oficial mayor Torres les invita a acompañarlos hasta la Comisaría del pueblo para aclarar el hecho; se avinieron, y ante la aceptación expresa de los mismos el sub-oficial ayudante Esteche se acerca a uno de ellos para esposarlo. Hallándose en ejecución la tarea, el otro presunto abigeo desenfunda un arma corta y le juega el primer tiro al que le parecía ser el jefe porque oficiaba de vocero y comunicaba las determinaciones. En el mismo instante se sacude también el esposando y se libera de las manos de Esteche, arremete contra él con un empujón y desenfunda su cuchillo de carnicero con el fin de eliminarlo. En ese momento Torres ya se hallaba contestando los tiros del aparente jefe de los abigeos. Ambos saltaban de un lado a otro y se disparaban mutuamente. Esteche pudo reponerse de la caída inicial y comenzó también a disparar contra su agresor. La lucha fue de hombre a hombre; jefe contra jefe y ayudante contra ayudante, y habría durado como cinco interminables minutos. Los policías pronto buscaron el camino de regreso para abordar de nuevo la camioneta dejada sin ocupantes a unos 40 metros de la escena del entrevero, y fueron cubriendo la retirada con más disparos.

Terminada la balacera la camioneta se alejó raudamente del lugar y los vecinos acudieron sigilosamente al sitio, encontrando entre las hierbas tres muertos: la vaca de don Silverio y los dos carniceros. Cundió la noticia y se movilizó todo el barrio de Ita’o.  Se mezclaron los llantos lastimeros de familiares, vecinas y amigas de los fallecidos, con las protestas y el repudio de los hombres por tan horrendo crimen. La familia F. recibió la solidaridad de todos los vecinos porque los hermanos ahora fallecidos eran muy queridos en el barrio, reconocidos como jóvenes generosos que siempre contribuyeron con abundantes chipas para las festividades de la Virgen de Ita’o, y “fueron llevados a la muerte por cobardes policías hallándose en ejercicio de sus faenas habituales, propias y legítimas” - según decían. Esa noche, luego del levantamiento de los cadáveres, incluido el de la vaca, apareció en el velatorio el Fiscal interviniente y fue muy bien servido por la familia de los finados, pero se le notaba nervioso y contrariado, parecía estar asqueado ante el crimen. El Comisario no se animó a venir; es más, voló inmediatamente a Asunción para entrevistarse con su Jefe y se llevó consigo a ambos sub-oficiales “para evitar un atraco a la Comisaría que podrían perpetrar los vecinos indignados”, según se alegó. Allá ordenó que se los meta en el calabozo y se los tenga a pan y agua. Al día siguiente consiguió intercambiar cargos con un camarada y salió precipitadamente de Aregua con destino a un olvidado pueblo de la frontera.

Torres y Esteche llevan actualmente 4 años en la Penitenciaría Nacional de Takumbu pero les faltan aún 16, porque fueron condenados a la pena máxima para esta especie de delito: 20 años. El hecho fue calificado como “doble doble-homicidio cometido por ambos” y si bien en la escena del crimen fueron hallados sólo dos cadáveres de humanos, el Fiscal justificó en el juicio oral argumentando que:

“En cuanto al doble doble-homicidio, aclaro a V.S. que Torres mató a ambos y por  temor de que resuciten y les vuelvan a atacar, Esteche se envalentonó y volvió a matar a ambos. Así se configuró el doble doble-homicidio. Por eso esta así caratulada la causa. Como circunstancias agravantes señalo a vuestra señoría que ambos cometieron los delitos con premeditación, alevosía y ensañamiento. Hay premeditación – dijo – porque los autores pensaron durante varios días y luego asumieron la decisión de matar. Planificaron fríamente el crimen. Prepararon minuciosamente los detalles. Acomodaron muy bien la escena. Hay alevosía – dijo – porque para perpetrar los dos doble-homicidios, los salvajes autores apagaron las luces en el baldío, establecieron arteramente la hora para el ataque: a las 21, en invierno, y valiéndose de engaños hicieron venir hasta allí a sus inocentes víctimas; allí los atacó sin piedad y con toda saña. Ellos conocían muy bien a ambas víctimas y es muy posible que hayan tenido alguna inquina contra los mismos, porque de no ser así, no se explica el ensañamiento: 14 balazos bien dados a cada uno. La prueba mayor de esto que digo es que ellos no recibieron ningún tiro de bala ni la supuesta amenazante puñalada, sólo algunos rasguños que tal vez ellos mismos se causaron. Por tanto, el argumento de la defensa, de que fue homicidio en riña, no funciona; tampoco se configura el pretendido alzamiento contra la autoridad del Estado. Estos sujetos no son policías – dijo el Fiscal – sino criminales sedientos de sangre que se disfrazaron de policías y urdieron la trama para asegurar a sus víctimas como arañas maliciosas y quien sabe por qué oscuros intereses o antecedentes entre ellos. Lo de “gatillo fácil” como se los ha apodado en Aregua les queda corto. El vacuno faenado en la ocasión era de legítima propiedad de las víctimas como asegura el certificado de venta otorgado por don Silverio Medina. El lugar fue elegido, tal vez a sugerencia de los mal hechores como decía antes, porque la vivienda de los hermanos F. no tiene comodidades para faenamiento y en cuanto a la hora elegida ya la tengo explicada, pero repito: los malogrados hermanos muertos cumplían con sus esforzados trabajos de albañilería en Asunción y sólo a esa hora les era posible faenar su ganado. En cuanto al permiso municipal para el faenamiento ya le dije a su señoría que no faltó porque tenían autorización verbal. Solo faltó el papel  y eso  fue porque el Intendente estaba ausente, se había ido a Pakaembu, Brasil, a ver un partido de su club y por tanto sólo a su regreso podía otorgarlo; pero los hermanos F. prometieron cumplir a posteriori esta exigencia legal. Por tanto, las víctimas habían cumplido con todos los requisitos legales, no se les puede culpar de nada y además, ya están muertos. Por eso pido para estos forajidos la pena máxima que corresponde al doble doble-homicidio cometido con premeditación, alevosía y ensañamiento. Gracias, su señoría”.

De nada sirvieron en el juicio oral los alegatos del Defensor Público que se hallaba a cargo de la defensa de los imputados debido a la insolvencia de los mismos. No sirvieron de nada porque la condena ya estaba cantada. En la justicia penal del Paraguay es habitual que la condena se adelante al proceso y que no la dicten los jueces sino la prensa, la pla y la plebe, ahora llamada “la opinión pública”. Todo depende del lado de la balanza hacia donde se ubica la palabra “aichejáranga”.

Ahora pienso que tal vez el juez tenía razón para no escuchar los argumentos del abogado defensor porque en verdad resultaron endebles, pobres, desaliñados e incoherentes. Vean lo que le dijo al juez en el juicio oral y público:

“Con todo respeto, señoría, me permito señalar, en primer lugar, que mis defendidos no han negado en este juicio la autoría del delito; es más, lo tienen asumido y han explicado las circunstancias que les llevaron a cometerlos. Ellos son Agentes de Policía que recibieron una orden y por tanto tenían una misión que cumplir. Ellos no son oficiales de carrera sino sub-oficiales asimilados mediante cursillos rápidos a la Policía; son muy jóvenes ambos, Torres tiene 27 años y Esteche 28; ambos ingresaron a la Policía hace apenas 2 años y no han tenido experiencias anteriores en esta clase de procedimientos. Ellos nunca debieron ser enviados a reprimir este supuesto delito que se hallaba en plena ejecución sin el acompañamiento de un oficial experimentado. Aquí el mayor culpable de lo ocurrido es el Comisario del pueblo. Ese hombre sí que no tiene gracia para desconocer lo elemental de su profesión, por su condición de oficial de carrera, por su edad, por su jerarquía y sus responsabilidades.  Sin embargo, él no sabía que el abigeato es un delito que no se comete en solitario sino en gavilla de 3 o 4 hombres y siempre bien armados, porque llegada la ocasión los abigeos deben quemar archivos o cubrirse la retirada disparando. Estos altos oficiales de nuestra policía, señor juez, fueron cadetes en tiempos de la dictadura y por tanto no fueron preparados para prevenir y reprimir delitos comunes sino entrenados solo para reprimir a opositores políticos del régimen dictatorial; y aquí está una de las pruebas: esta arriesgada misión encargada a dos jóvenes sin experiencia para que sea cumplida en horas de la noche.

Rechazo categóricamente, señor Juez, que mis defendidos sean tratados como criminales comunes en este juicio, como pretende el Fiscal. Ellos no fueron al lugar de los hechos por propia voluntad; fueron en virtud de una orden y para el cumplimiento de una misión policial legítima; fueron como agentes del orden público, representando en la ocasión al Estado paraguayo, a la ley; las armas que portaban no eran propias sino armas del Estado paraguayo. Por tanto no pueden ser tratados como ciudadanos comunes y menos como criminales comunes en este juicio. Y con todo respeto le digo a S.S. que el señor Fiscal solamente supone y lo hace con malicia, que los autores del delito conocían a las víctimas. Yo le digo que ni ahora los reconocería si les mostráramos las fotos de los finados porque en aquella inmunda oscuridad ni siquiera pudieron ver las caras de los mismos. Por lo demás, mis defendidos apenas llevaban un mes de servicios en la Comisaría de Aregua, lo que significa que no han tenido tiempo para conocer a los vecinos y menos a estas víctimas.

Por otra parte, el Fiscal justifica la carneada en el baldío y en horas de la noche, a la luz de las linternas, diciendo que los hermanos F. no tenían comodidades en su vivienda y porque trabajan de día en albañilería. ¿Quién le puede creer?  Para más, califica como delator al vecino que alertó a través del 911; y ¿qué quiere?, ¿que los vecinos encubran los delitos? Dice que la vaca era de propiedad de los carniceros porque en autos obra el certificado de venta del animal, pero yo señalo a S.S. que ese certificado fue agregado muchos días después de los hechos al expediente; al principio no estaba, y ahora la gente de Aregua se pregunta: ¿quién es el propietario que se pone a faenar su propia vaca en altas horas de la noche, en un baldío cubierto de follajes,  sin adecuada luz y sin permiso municipal?

Señor juez: mis defendidos son jóvenes sin antecedentes penales; para ingresar a la policía tuvieron que demostrar su buena conducta anterior y su capacidad; ambos tienen limpios sus legajos, jamás fueron siquiera sumariados en la institución: y volviendo a la calificación del delito investigado, señor juez, debo señalar que aquí no hay cuatro muertos y por tanto no pueden ser acusados mis defendidos como dobles homicidas ambos. Lo cierto es que cada uno ha cometido un homicidio en riña, porque ambos se vieron obligados a defender sus vidas y seguridad respectiva al ser sorprendidos por la reacción y el repentino ataque de los supuestamente honestos y esforzados carniceros, que para mí no son sino simples y auténticos abigeos.
 Señor Abogado: le intimo a que use la expresión “presunto abigeo” porque todavía no he dictado sentencia.
 Disculpe, señor Juez - dijo el Defensor -  y prosiguió:
“El Fiscal dice que el arma del finado no fue encontrada en la escena del crimen y por tanto no existe, pero olvida que él llegó allí cuatro horas después para levantar los cadáveres y tuvo que ser sacado, por orden del Fiscal General,  de una fiesta en Ka’akupe, donde estaba bebiendo y bailando.
– Absténgase a aludir a la vida privada del Fiscal o le expulso de esta audiencia – dijo el juez.
Disculpe señor – dijo – y prosiguió: “Mientras tanto, todo el pueblo de Ita’o se paseó por la escena del crimen contaminándola totalmente, y un revolver o pistola, tiene su valor económico.

Voy a pasar por alto la infame acusación de premeditación y alevosía alegada con tanta mala fe por el Fiscal porque no tiene ningún sentido. Pero voy a señalar brevemente por qué no existe en este caso el mentado ensañamiento; porque no todas las heridas encontradas en las víctimas son de proyectiles. El Juzgado no debe ignorar que ha habido lucha cuerpo a cuerpo, empujones, caídas, patadas, puñetazos y tiros. Veo que para el Fiscal cualquier rasguño es causado solamente por un balazo. Si mis defendidos se propasaron en los disparos es porque fueron cubriendo la retirada a tiros; eso es lo que ocurrió.

Finalmente, señor juez, para esta defensa el caso en examen es un hecho clavado de abigeato, digo, de presunto abigeato. Tenemos el testimonio del señor P.P. que asevera tener conocimiento de que don Silverio Medina otorgó el certificado de venta de la vaca tres días después de los hechos y sólo porque la familia F. para salvar su muy dudoso honor,  le ofreció el precio del vacuno sustraído y faenado. Por tanto, y fundado en estos hechos comprobados y en los elementos atenuantes señalados, pido para cada uno de mis defendidos la pena mínima que corresponde al homicidio simple, porque ambos mataron a un solo hombre por parte, y al homicidio en riña, porque esta es la verdad. Gracias.”

Así concluyó el juicio oral y público, y como ya es sabido, al juez le convenció los argumentos del Fiscal acusador. Le parecieron más contundentes, verídicos y certeros; pero sobre todo más acordes con la teoría objetiva sustentada por los grandes tratadistas del Derecho Penal moderno sobre la reprochabilidad, la tipicidad y la antijuridicidad de los hechos punibles, como dejó escrito en la sentencia.

El comisario de Aregua desapareció de la escena. La Policía Nacional, como institución, no movió un solo dedo en defensa de quienes fueron sus Agentes; es más, les dio de baja por mala conducta. El Tribunal de Apelación confirmó la sentencia “por sus mismos fundamentos” y la Corte Suprema no hizo lugar al recurso de casación del proceso “por improcedente”. Así funciona nuestra justicia penal.

Cualquier lector que me atribuya mucha imaginación estaría equivocado. Este no es un cuento. En esta obra no ha contribuido para nada la ficción literaria. Nada lo he imaginado. Este es un caso real y es la contracara del “Caso Kuruguaty”, sentenciado en estos días. El expediente está en tribunales, los autores en Takumbu y los muertos en el cementerio de AreguaQuien quiera comprobarlos puede ir a ver el expediente, aunque le advierto que accederá al mismo con ciertas dificultades, porque un amigo me refirió que la vez pasada pidió ver este expediente y entabló con la Oficial de Secretaría el siguiente diálogo:
– Señor: ¿usted es parte en este juicio?
– ¿Qué quiere decir ser “parte” señorita?
– Si es demandante o demandado.
– Pero este es un caso penal.
– Ah…sí. Entonces,  ¿usted es víctima o victimario?
– ¿Por qué?
– Porque solo ellos pueden tener acceso al expediente.
– ¿Acaso los expedientes judiciales no son instrumentos públicos?
– Son públicos, pero para las partes, señor.
– ¡No me diga! Pero en este caso las dos víctimas están enterradas y los dos victimarios están en la cárcel.
– Lo siento señor, pero sólo ellos pueden venir a ver el expediente.

                                   (Fin)

No tenemos que ser soberbios

por Tadeo Zarratea.

— ¡Verdad que es ordinario este Nelson Vera! —, me dijo Tomasito González allá en Avay, cuando estábamos farreando.  Estábamos allí una partida de amigos después de terminar un trabajo que hicimos ese día; estábamos esperando que el asado se ponga a punto y mientras le bajamos unos tragos.  También trajeron los muchachos un conjunto musical recién formado, de Juty, que tocaban muy bien y cantaban mejor todavía; y todos los amigos estaban contentos.

Nosotros con Tomasito nos sentamos en una orilla y le bajamos al trago en medio de una importante conversación, porque los dos somos supuestamente poetas; por eso es que estábamos sentados cara a cara como esos viejos tizones en el fuego.  De repente nos descubre el Dr. Nelson Vera y en el acto se puso a gritar dirigiéndose a los músicos: “¡Ey muchachos por favor tóquenme El Abandonado! que yo le dedico al Dr. Zarratea y a Tomasito. Aquí están los dos nariz contra nariz recordando sus tiempos pasados de cuando fueron felices”.

Yo me limité a una carcajada pero Tomasito se molestó. Resulta que el caso de él era más nuevo y su herida todavía estaba sangrante.  Yo más bien ya llevaba mucho tiempo de separación conyugal y además ni siquiera era la primera vez que me había pasado; ya tengo el alma llena de cicatrices por causas de esas cosas.

— ¡Pero verdad que es ordinario este Nelson Vera! — salió diciendo Tomasito. 
— Acaso él cree porque se está llevando bien con su patrona que eso es eterno. No sabe acaso que las mujeres de hoy en día ya no soportan los defectos de los hombres, hasta la muerte como antes. Esa es una historia acabada. Cosa de antes. No tenemos que ser soberbios.

Apenas terminó de decir esto Tomasito y se dio un largo trago mientras nuestros músicos le daban al canto con la canción mejicana:

“El abandonado / tóquenme de nueeevooo. Tóquenme diez veces / la misma cancioooonnn”. 

Tan Tan y La’ýla

Por Tadeo Zarratea

¿Ustedes suelen escuchar a la gente contar los casos de Lázaro Cardozo?  Este es un señor de quien se cuentan muchas cosas y en todas partes.  Dicen que tenía muchísima plata el viejo.  Tenía muchos campos de primera y tantas vacas que no se podía terminar de contar, pero era tremendo el hombre; era muy riguroso y tacaño.  Amaba el dinero de mala manera.  Dicen que su estancia estaba ubicada entre Villarrica y Oviedo y después de su muerte ese lugar heredó su nombre: “Sarokaro”, porque así le llamaba la gente de habla guaraní, y él mismo usaba ese nombre para darse importancia ante el personal de su estancia. Dicen que siempre repetía: ¡No se olviden quién es Saro Caró… no le busquen, cuidado, cuidado!

Dicen que ningún sirviente le reprochaba ni con la mirada; ni cuando les azotaba con arreador.  A toda su gente le tenía al hilo y por eso mismo eran pocos los que le fallaban.  Pero el doctor Mojoli me contó que una vez llegó a fallar con él un capataz, de nombre Emeterio, al que le decían “Meterio”.  Le contaron que ese hombre se equivocó muy grande.  Cuentan que tenía don Lázaro Cardozo una hija a la que le hacía trabajar en el campo a la par que los hombres y ella tenía una hija de nombre Teresita.  Dicen que solamente esa nieta conseguía, a veces, ablandar a don Lázaro porque le mimaba mucho y hasta de malas maneras.  Esa nietita hacía cuanto quería con su abuelo;  él le compraba todas las cosas que deseaba.

Así andaban las cosas cuando en un 6 de enero don Lázaro viajó a Villarrica.  Se subió a su sulky llevando mucha comida para el viaje.  El sulky iba tirado por dos yuntas de caballos tordillos de largas crines y como acompañantes iban seis jinetes armados, montados en poderosos caballos.  En la ciudad realizó muchas compras y de regreso le trajo a su nieta dos muñecas de loza; una de cutis blanco y la otra totalmente negra.  Y la niña quedó encantada. Ya ni dormía la Teresita que andaba arrullando a sus dos hijitas.  El abuelo le llamó a la negra: Tan Tan, porque era africana según él; y a la blanca le dio nombre Meterio, el capataz de su abuelo, que le dijo a Teresita: “porque no le llamás a ésta La’ýla, porque ésta, como toda rubia, es mandioca y agua, no tiene ninguna gracia la pobrecita”. 

Teresita le lanzó una mirada de reproche pero la muñeca se quedó con ese nombre, y eso que Meterio le dijo sólo por hacerle una broma. Ese capataz dicen que era una criatura grande, demasiado noble y bondadoso; nunca decía ni hacía cosas malas. Era manso como un viejo buey y muy servicial.

Cuentan que luego, durante una larga siesta del verano, cuando el viejo dormía, Meterio le dijo a la niña:
— Tienen las cabezas muy peladas tus hijas, sin embargo ya son grandes; estas ya tienen que tener cabellos.  ¿No querés que les ponga unos cabellos?.
— Sí quiero — le dijo la niña.
— Esperame — le dijo Meterio y salió, se fue.

Había sido que agarró un cojinillo (piel de oveja lanuda) amarillo blancuzco, mullido y espumoso, y con una navaja cortó las lanas de hacia abajo, sacó una buena puñada y trajo; le pidió a la cocinera que le haga engrudo de almidón y comenzó a pegar la lana en la cabeza de La’ýla.  La cabellera quedó perfecta y tanto que Teresita se puso a hacerle varias trenzas finas. La’ýla se convirtió en una auténtica gringa, a punto de hablar inglés.  Después Meterio le pidió a la empleada anilina, mezcló con polvo de carbón y tiñó la lana restante, secó al sol y al viento y después pegó en la cabeza de Tan Tan.  Le puso las lanas más cortas y enruladas.  Tan Tan se convirtió en una auténtica negra brasileña. Cuando uno le mira da la impresión de que está a punto de bailar la samba. 

Una alegría incomparable se apoderó de la pequeña niña. Bailaba, brincaba y saltaba de ansiedad porque demasiado ya quería que se levante su abuelo para mostrarle cómo quedaron Tan Tan y La’ýla con sus nuevos cabellos.

Por fin se levantó el viejo y para más de mal humor; pidió que le prepararan su mate y ya nomás le dio un rebencazo a la machú por ser despaciosa.

Llegó junto a él Teresita con sus dos muñecas y le dijo:
— Mirá un poco abuelo, ya tienen cabellos.

El viejo agarró las muñecas y se puso a examinarlas dándoles varias vueltas, palpó  los cabellos nuevos y le preguntó a la niña:
— ¿Quién hizo esto?
— Meterio hizo para mí — le dijo la criatura
— Andá llamale a Meterio — le dijo, y brincando salió la niña. 
Cuando Meterio se acercó junto a él le preguntó:
— ¿De dónde sacaste la lana para hacer estas cosas?

Al escuchar Meterio esa pregunta se dio cuenta de que acababa de fallar con el patrón.  Algo frío se le subió desde abajo y sintió que le temblaban las piernas; pero no tenía otro camino que revelar el origen de las lanas.

— Y… esto… saqué de uno de nuestros cojinillos; de hacia abajo saqué patrón; no fue dañado — le dijo.
— Andá traé. Vamos a ver — le dijo.

Al ver en manos de Meterio el cojinillo se puso a gritar en forma desaforada.

— ¡De mi cojinillo nuevo acaso sacaste, desgraciado! ¿Quién sos para estropear mis cosas? ¡Verdad que sos atrevido! ¡Viejo tuerto y estúpido!

Cuentan que mucho tiempo después cuando Meterio recordaba este caso y aquellas palabras del patrón, solía comentar: “Esa vez no me dolió nada lo de estúpido ni lo de tuerto; esa palabra “viejo” fue lo que más me molestó y no sé por qué”.  Cuando entonces él era ya un hombre entrado en años pero todavía fuerte y era verdad que uno de sus ojos tenía defecto, tenía nubes, pero veía bien.

— ¡Adela! —gritó Saro Caró . —¡Adela! —
— ¿Qué pasa Lázaro? — dijo su esposa acercándose.
— Andá traéme mi amansalocos. Le voy a devolver su juicio a este viejo de mierda 
— ¿A quién te referís, Dios mío? — dijo doña Adela.
— Y a mí la señora, porque saqué lana de su cojinillo para el juguete de esa criatura — salió diciendo Meterio.
— ¡Oh mi Dios!, pero entonces mi señor ya estás loco. Tantos cojinillos que tenemos.
— ¡Pero este es mi cojinillo nuevo pues, el más lindo de todos! Pero aparte de eso, qué podés entender vos mujer ignorante. Pasáme sí ya el arreador.
— Pero por favor, dejame en paz — dijo la señora y salió de allí.

— Por qué no te compro un cojinillo más lindo que éste patrón; ahora entiendo que me equivoqué. Te pido que me perdones — le dijo Meterio. 
— ¡No señooorrr! Eso ni nunca. Andá. Haceme fuego en ese horno y vení a llevar estas muñecas a quemar allí. Después agarrá tus pilchas y andate. Pronto. Rápido. No quiero en mi casa empleado facultativo como vos.

— ¿Por esta zoncera acaso me vas a echar patrón, después de servirte 20 años?
— No me interesa ni 20 ni 40 años. No quiero escuchar de tu boca nada. Salí de mi casa te digo, rápido, o querés que te mande preso por causarme perjuicio. Eso es lo que te merecés.

Meterio hizo fuego en el horno mientras Teresita con lágrimas en los ojos le rogaba a su abuelo que no queme las muñecas. “Le voy a sacar nomás otra vez los cabellos abuelo”, le decía y se lamentaba dolientemente.  Atusaba los pelos de sus muñecas, las abrazaba, las apretaba contra su pecho y derramaba lágrimas por doquier. Pero al viejo no le entraba ni bala bendecida. Cuando el fuego del horno se avivó lo suficiente, Meterio tiró adentro las dos muñecas y en ese momento volvió a sentir, después de 40 años, que las lágrimas rodaban por su cara; recordó que solo cuando murió su madre lloró de esa forma. Teresita parecía entrar y salir en la boca del horno gritando: ¡Adiós mi Tan Tan, adiós mi La’ýla!

Al levantarse Saro Caró de su perezosa sintió un mareo y se cayó de cara. Se estrelló contra el suelo y se rompió todito la nariz y la boca. Se fue lavándose la cara con sangre por los caminos de Villarrica; pero no murió. Un tiempo después volvió pero con la cara llena de cicatrices.  Teresita desde entonces nunca más le dirigió la palabra a su abuelo. Y cuando las cosas se pusieron muy mal le agarró su madre y le llevó a Asunción; le internó en el Colegio María Auxiliadora.  Cuando salió de allí se casó, pero no pudo tener hijos. Después de 10 años su marido empezó a preocuparse y recorrió con ella los consultorios de los más diversos doctores. Por fin se topó con un médico verdaderamente sabio que le dijo después de estudiar durante 6 meses el caso de su esposa:
—No va a poder concebir tu señora porque había sido que su abuelo mató delante de ella a sus dos primeras hijas.
 Cuando el marido comenzó a enojarse el psiquiatra le aclaró la situación, revelándole el caso de Tan Tan y La’ýla
-- Esto se llama trauma y no tiene remedio - le dijo.
— Eso no voy a creer — dijo el marido — Yo puedo encontrar remedio paraguayo para eso. El fruto de tanto esfuerzo y trabajo no he de dejar en manos de quienes no son mis descendientes.
 Salió y se fue a Sarokaro y allí, debajo de un enorme lapacho mandó cavar dos tumbas y levantó sobre ellas dos panteones.  En una cruz de mármol mandó grabar el nombre de Tan Tan y en la otra el nombre de La’ýla.  Vino a Asunción a llevar a su esposa. Contrató un sacerdote; hizo una gran comilona para todos los vecinos de Sarokaro. Rezaron mucho las viejas santularias y lloró bastante doña Teresita. Luego de tres meses de proceder al simbólico entierro de sus hijas, doña Teresita se embarazó.

Traducido por el autor al castellano paraguayo coloquial de su original en guaraní.

Un toro nilo cerrero

Ese toro nilo estuvo a punto de liquidarme. Habíamos salido un día con Chiquito Miranda en busca de animales cerreros y enlazamos ese toro. Le pusimos doble lazo y lo veníamos trayendo con mucha dificultad. Yo adelante y Chiquito detrás. El toro me seguía y Chiquito le iba dando luz, pero cuando se me acercaba mucho le sofrenaba. Pero después había sido que le dio mucha luz Chiquito y el toro empezó a ganar velocidad. Y cuando venía en toda hacía mí le quiso frenar Chiquito y se soltó su lazo allí en la presilla. Y cuando el toro se sintió libre vino hacia mí a toda bala, y yo, con el fin de esquivarle le di un espolón a mi caballo y parece que se asustó porque dio un salto brusco medio de costado y me echó.  El caballo salió corriendo y yo me quedé allí. Ya no tenía tiempo de correr porque el toro ya llegaba hasta a mí. Entonces hice lo que pude y como pude: me tiré al suelo, boca para abajo. Llegó hasta mí con los ojos encendidos y echando espuma por la boca ese animal, compañero, y se agachó sobre mí.

¡Bárbaro! Te clavó todito mal.

No, no fue así.

¡Eh! y cómo te salvaste de él.

Y no y… mi amigo Chiquito Miranda, compañero, no era un arriero flojo. Ese era un lacero de primera compañero; nunca salió al campo con un solo lazo. Sobre la marcha desprendió su segundo lazo y volvió a enlazar al toro. Cuando el toro se agachó para alzarme del culo de mi pantalón se le plantó el ruano de Chiquito y lo sujetó. Lo echó violentamente de espaldas a dos metros de mí.

¡Qué bárbaro!

Y después seguimos viaje con el toro. Con mucho pleito avanzamos. Llegamos con él hasta el retiro; le metimos en el corral, le maniatamos de las cuatro patas y le echamos, le señalamos y le marcamos. Y allí cuando le estábamos marcando estuvo más cerca todavía de mandarme al otro mundo.

Ah no me digas, y qué pasó allí?

Y no y… me tocó pues a mí atajar la cabeza del toro, y yo pisé sobre una de sus astas, agarré con las dos manos la otra asta y apreté fuerte contra el suelo. Pero cuando el animal sintió el hierro caliente sobre su cuarto, dio un brinco y me tiró.  Cuando levantó la cabeza me encontró justo a mí y extendió su cuello para alcanzarme.

Ah no... y te alcanzó.

No, no fue así.

No me digas, y por qué?

Por suerte las correas con que estaba maniatado no se soltaron, y gracias a eso cuando inclinó la cabeza como para alzarme de un tirón con las astas, se descalumbró y cayó.

Y cómo es eso de des… des… descalumbrarse?

Y no y… perdió pie. Se fue de costado y se tumbó; se cayó por lo menos a un geme de distancia de mi cuerpo.

Después el patrón preparó una partida para la venta y ese toro nilo fue incluido en la partida. Y yo ya me decía a mí mismo: “Ese animal le va a crear problemas”, porque no estaba todavía amansado.  Hicimos el rodeo; fuimos metiendo en el brete de a uno a los animales y alzando en el camión. Pero cuando le tocó el turno al toro nilo cerrero, se echó hacia atrás, se sentó completamente, y al levantarse de allí saltó con todo impulso, atropelló el brete y lo rompió haciendo trizas.

Qué bárbaro! y seguro que se destrozó también él.

No, no fue así. No le pasó nada porque llevó el brete por su pecho.

Y entonces? salió disparando?

No, no fue así. Al caerse le había visto a Chiquito muy cerca de él y le ganó completamente de mano.

Oh no carajo! Le clavó todo…

No, no fue así. Le agarró de su piernera y le tiró cinco metros hacia atrás.  Voló como un murciélago el amigo Chiquito.

Qué bárbaro, y después?

Y después al darse la vuelta le encontró al hijo del patrón, un muchacho que muy pocas veces solía venir a la estancia, y le atropelló.

No me digas, a ese sí le clavó todo.

No, no fue así. Se sentó de él el muchacho y le pasó encima. Le pisó todito. Le machucó todo el cuerpo.
Allí mismo el viejo mandó llamar un avión y le llevó a su hijo a Asunción.

Y qué se hizo del toro?

Y lo matamos. El viejo en medio de su furia desenfundó su revólver y le acribilló a balazos.  Después nos dio la orden: “terminen de matarlo y lleven el cuerpo a tirar para que coman los cuervos. No se les ocurra comer la carne, porque este es un toro asesino”, nos dijo.

A la pucha! Y procedieron de ese modo.

No, no fue así.  Cuando ya se subía al avión pues me llamó y me dio una contraorden: “porque no carnean ese animal y no llevan a venderle la carne al regimiento” - me dijo.   

“El soldado pues es como el cuervo no más también”.  Eso es verdad – le dije; llevamos toda la carne y le vendimos al coronel Arriola.

Y ustedes no comieron nada de esa carne?

No, no fue así.  En verdad así tenía que ser pero dijo Chiquito: “por lo menos hubiéramos comido estas menudencias, ya que hace tanto tiempo que no comemos carne. Al final qué importa. Nosotros pues, como el cuervo no más también vivimos pescando por los restos de carne que dejan los tigres en los rodeos. Y este toro cerrero sí que estuvo luego a punto de liquidarnos a los dos”.

Y entonces le dije: “vamos a comer Chiquito, pero que no se entere el viejo ni por casualidad”. 

Cocinamos la cabeza del animal bajo tierra y nos dimos una panzada. Al día siguiente al amanecer nos llegó la noticia: “murió el hijo del patrón. Dicen que explotó su baso”.

Tadeo Zarratea
20 de junio de 2014

domingo, 16 de octubre de 2016

Enigma, libro que contiene 40 cuentos fantásticos de Gudelia López González


PRÓLOGO

Nunca leí un libro tan encantador como esta obra: ENIGMA, de la profesora Gudelia López González. Es una verdad axiomática que el lector aprecia una obra cuando se ve reflejado en ella, así como al niño le divierte el teatro sólo cuando los actores son niños. Ante este libro no es que me haya visto en el espejo yo, sino que he visto a la sociedad paraguaya de la que soy integrante, y es por eso que lo encuentro encantador.

No creo que sea el primer libro que recoge a modo de cuentos los relatos de fantasmas, apariciones y otras experiencias extrasensoriales de la gente común; pero sí estoy seguro de que es el primero en el Paraguay, y eso debemos celebrarlo, porque nuestro país es muy rico en estas experiencias. Será muy difícil encontrar un lector de este libro que concluya diciendo: “yo no he tenido ninguna de estas experiencias extrasensoriales”, porque, quien más quien menos, las tiene.

Estoy seguro de que detrás de este carnero que rompe el chiquero saldrán muchísimas ovejas. Este libro es un perfecto modelo para salir a recoger historias semejantes y escribir cien libros; y sería beneficioso porque constituiría una compulsa extraordinaria de la cultura paraguaya. Me apresuro en pensar incluso que podría ser un nuevo género narrativo, que no es enteramente ficticio ni enteramente real, que no es de creación personal ni voluntaria, sino experiencias colectivas o individuales externas del escritor. Muchos de estos fenómenos paranormales son productos del miedo, de la soledad, de la oscuridad, del hambre, de enfermedades mentales cercanas a la psicosis o la esquizofrenia.  Sin embargo, otra buena cantidad no proviene de tales fuentes, porque han sorprendido a las personas en situaciones absolutamente normales. Incluso hay manifestaciones observadas por varias personas normales a la vez.  Entonces, algo hay en esto.

Lo más frecuente entre estos fenómenos son los visuales. Esto dio origen incluso a un nuevo ser mitológico en el Paraguay: la Malavisión. Presumo que el nombre nació cuando el niño le contaba consternado al abuelo lo que ha visto en el camino y él le contesta: mi hijo: habrá sido una mala visión. Hoy entre los obrajeros del Alto Paraná, Malavisión es un fantasma que adquiere la forma de un hombre altísimo que recorre el monte y acecha en las picadas más oscuras al viajero. Tiene un grito característico con el cual provoca y por nada del mundo se le debe responder con otro grito, porque puede causar dos tipos de daño: enloquecer o secuestrar al arriero. En alusión a él, el pueblo acuñó un dicho para referirse a las personas muy altas: Malavisión ra’ýicha ipuku la típo. 

Es menos frecuente el fantasma que se manifiesta a través del sonido, pero los hay. Muchas veces, quien experimenta el fenómeno paranormal sólo escucha voces, sonidos o ruidos extraños. En contadas ocasiones el fantasma se manifiesta visual y auditivamente; esto sucede, por ejemplo, cuando aparece como una persona y le habla a quien se muestra. Son los más impactantes por su increíble acercamiento a la realidad. Pero lo más sorprendente para mí en este libro de Gudelia es la manifestación por vía olfativa, que nunca antes de ahora escuché. En uno de sus cuentos cuenta que en una ocasión abrazó completamente a la casa de una familia una penetrante fragancia de flores y permaneció por horas; fue, según esa familia, el aviso de una muerte cercana en la familia.

Pero no todo es fantasma entre los fenómenos paranormales. Están los sonidos y ruidos atrapados por la atmósfera que se reproducen tiempos después. Por suerte mi padre sabía de esto porque de no ser así yo hubiera enloquecido en las selvas del Alto Paraná, cuando por las noches, a la hora de cenar, escuchábamos por horas enteras los golpes de hacha de los rolliceros que hacheaban frente a frente, sus gritos catárticos y hasta, en ocasiones, el derrumbe de los descomunales árboles con más de cien años de vida. Papá me explicó ese fenómeno físico para que no tenga miedo.

Gudelia también tiene sus experiencias personales, pero su mérito está en haber escuchado los casos de otras personas y en reunirlos en este libro. Este es el descubrimiento de una mina de oro para la literatura popular paraguaya; una veta gigantesca.  ¡Cuántos jóvenes se harán escritores a través de este libro! ; y éste, y aquellos que vendrán, servirán también para las investigaciones científicas en los campos de la psicología y la psiquiatría; para el estudio científico de la mente humana.

Para el lector que está esperando que yo o Gudelia le digamos de una buena vez si existen o no estos fenómenos paranormales; si creemos o no creemos en estas manifestaciones extrañas, le digo: no todo lo que existe se ve y la prueba de esto es la existencia de Dios para el creyente. Así también, no todo lo que se ve existe. ¿Acaso no vemos cada día el cielo azul?, pero el poeta mexicano Juan de Dios Peza escribió: lástima que el cielo azul que vemos/ no es cielo ni es azul. Luego, lo que existe en la mente de la persona, es una cosa que existe y es extremadamente importante, porque desde allí gobierna a la persona; influye poderosamente en su vida y más que cualquier otra cosa de existencia material. 

Lo que no debemos hacer es combatir estas creencias con el pretexto de que no son demostrables científicamente, y que lo hagamos sin ofrecer al próximo nada a cambio; eso sería un acto de barbarie porque significaría vaciar culturalmente la mente de las personas. Los mitos y las leyendas deben ser sustituidos por verdades científicas pero gradualmente y hasta el límite de lo posible, porque para muchas de estas cosas la ciencia todavía no ofrece explicaciones. 

Que seas bienvenida pequeña ENIGMA. El pueblo de cuyas entrañas saliste te espera ansioso. 

Tadeo Zarratea
 (18-07-16)

viernes, 26 de agosto de 2016

LAS REGLAS ORTOGRÁFICAS DEL GUARANÍ

Del libro:

El alfabeto oficial del guaraní paraguayo


APÉNDICE  1

Concluidos que fueron los esfuerzos por dotar a nuestro idioma de un alfabeto oficial, cuya pequeña historia dejamos aquí anotada, hemos pasado a revisar las reglas ortográficas principales. La hicimos sin siquiera tomarnos un breve descanso, porque de la adopción de estas reglas depende el buen uso del alfabeto oficial recién instituido. Con estas dos herramientas se asegura la escritura correcta del idioma, así como que todos los usuarios del mismo, en su forma escrita, compartamos el mismo código. También de ellas dependen, según la ley de lenguas, la entrada en vigencia de aquellos Derechos Lingüísticos de nuestros compatriotas que requieren forma escrita.

En esta etapa las jornadas de trabajo ya fueron menos tensas, más fraternas y más dialogadas. Por fin los académicos de la Lengua arribamos a un plano donde asumimos el lenguaje científico. Ello nos permitió buscar entre todos la mejor formulación posible para nuestras cuatro reglas ortográficas ya tradicionales. Los textos fueron preparados por el Departamento de Gramática y Ortografía en una seguidilla de por lo menos diez sesiones, de las que participaron incluso muchos académicos que no eran miembros del mismo y nos apoyaron.

Los textos, formulados en ambas lenguas oficiales del país,  fueron aprobados en una sesión plenaria celebrada el 10 de agosto de 2.016, entre las 15 y las 18 horas en el local de la Secretaría de Políticas Lingüísticas, sito en la calle Eligio Ayala Nº 1.052. En la ocasión concurrimos 22 Académicos y  un colega votó por correo electrónico. Votamos por cada una de las reglas ortográficas en forme separada. De los 23 votos habidos en la sala, la regla del alfabeto oficial obtuvo 22 a favor y 1 en blanco; la regla del uso de la tilde acentual (´) 21 votos a favor y 2 en blanco; la regla de la formación de sílabas nasales obtuvo 22 votos a favor y 1 en blanco y la regla de la formación de palabras 23 votos a favor.

Como se ve, todas las reglas obtuvieron holgadamente los dos tercios de votos de los presentes; esta es la exigencia de los estatutos sociales de la Academia para instituir o modificar las reglas ortográficas.

Dichas reglas ortográficas quedaron redactadas como siguen:

LAS REGLAS ORTOGRÁFICAS DEL GUARANI

La lengua guaraní se puede escribir correctamente y de modo uniforme, por medio de cuatro reglas ortográficas.

1.- Primera regla. La del alfabeto oficial
La lengua guaraní tiene 33 fonemas propios que se representan por medio de 33 grafemas o letras que son: A a, Ã ã, Ch ch, E e, Ẽ ẽ, G g, ç, H h, I i, Ĩ ĩ, J j, K k, L l, M m, Mb mb, N n, Nd nd, Ng ng, Nt nt, Ñ ñ, O o, Õ õ, P p, R r, Rr rr, S s, T t, U u, Ũ ũ, V v, Y y, Ỹ ỹ, ’ (pusó). La Academia de la lengua establece, igualmente, el uso de las letras D d, F f, LL ll, para escribir palabras provenientes de otras lenguas, una vez reglamentadas.

En este alfabeto oficial no existen letras mudas ni con doble función. Tampoco existen fonemas que se representan por medio de más de una letra. Los dígrafos o letras bilíteras representan una sola letra.

2.- Segunda regla. Del uso de la tilde acentual (´).
Para el uso de la tilde acentual (o acento gráfico) el idioma  guaraní considera la vocal tónica o la de mayor intensidad.

No se debe usar, en ningún caso, la tilde acentual cuando la vocal tónica se halla ubicada al final de la palabra. Ejemplos: guata, ñani, ao.  Sin embargo, cuando se halla ubicada antes del final se debe usar indefectiblemente. Ejemplos: ára, purahéi. Si en una palabra existen dos o más vocales tónicas, la tilde debe marcarse sobre la tónica de la derecha, siempre que no sea vocal final. Ejemplo: mbo’ehára.  Sobre las vocales nasales no se usa la tilde acentual. Ejemplos: mokõi, ko’rõ, akãme.

La palabra puede llevar solamente  una tilde acentual y la misma es móvil, se desplaza según las partículas que se le adiciona. Ejemplo: pirapire, pirapirére, oñembopirapirevéta.

La presente regla tiene como adicional complementaria la regla del acento tonal.

2.- Tercera regla.  De la formación de sílabas nasales.
No concurren en la sílaba dos letras nasales. Ejemplos: çua, ma, ne, ña.

Cuando la vocal oral  (a, e, i, o, u, y)  forma sílaba con  consonantes nasales (ç, m, n, ñ) o naso-orales  (mb, nd, ng, nt) queda nasalizada por dichas consonantes. Ejemplos: ma, nda.

Cuando la vocal nasal  (ã, ẽ, ĩ, õ, ũ, ỹ)  forma sílaba con consonante oral (ch, g, h, j, k, l, p, r, rr, s, t, v,’ puso),  dicha sílaba es nasal. Ejemplo: tã, pytã.

3.- Cuarta regla.  De la formación de palabras.
En guaraní el hablante construye su propia palabra. Lo hace uniendo partículas al lexema base con contenido semántico. En la escritura, las partículas prefijas y sufijas que modifican al lexema base, se unen al mismo formando con él un segmento de la cadena escrita, considerada como la palabra. Ejemplo: oporogueroguataseniko.

Algunas partículas pueden desprenderse y ubicarse antes o después del lexema base; en esos casos no se unen.  Ejemplo: cheakãhatãitémi;  etémi cheakãhatã.  Otras pueden aparecer en el texto en ausencia de su regente. Ejemplo: Upéva oikomo’ãkuri. Upéva mo’ãkuri.

Las posposiciones monosilábicas van unidas a su regente. Ejemplos: re, amógui.


Las posposiciones polisilábicas no van unidas a su regente. Ejemplo.  ou rehe,  amo guive.